
En medio de la bellísima catedral románica resplandecía el cuerpo enorme, majestuoso, familiar, de Pavarotti. Descansa vestido de gala, como si se hubiera quedado dormido en un concierto. Impresiona la quietud, vista por primera vez en público, de alguien que era la vivacidad en persona. Frac negro, pajarita blanca y el eterno pañuelo en la mano. Dos dibujos de su hija Alice, de cuatro años, con un hombre de barbas y manos enormes. «No quiero que la gente se vista de negro...», dijo el tenor hace poco, preparándose para su último acto. Los colores los ponían las flores, de autoridades, de grandes nombres de la lírica, de la familia Ferrari, la otra gloria local.
Módena, una de esas pequeñas ciudades pacíficas, prósperas y hermosas de Emilia Romaña, con elegantes señoras en bicicleta y divinas 'trattorias' caseras, guardaba ayer la compostura mientras espera el funeral de hoy, que se prevé masivo y legendario. Televisado en directo, cantarán Andrea Bocelli y Raina Kabaiwanska y asistirán, entre otros, Bono, Sting, Elton John, Plácido Domingo, José Carreras o Kofi Annan. Será el último regalo de celebridad que Módena recibirá de su ilustre vecino. Pero para rastrear al genuino Pavarotti hay que alejarse del centro y también en el tiempo, hacia los barrios de las afueras y a aquellos años 40 de guerra y posguerra.
El gran Luciano nació en el número 11 de la Via Barbanti, en San Faustino. Todavía está su nombre en el portero automático, pues el piso sigue siendo de la familia. «Había una fontana en el patio de aquí detrás y él tocaba la guitarra y cantaba», cuenta la vecina de la puerta de enfrente, que llegó después pero se sabe las anécdotas. La fontana tampoco está, ahora aparcan ahí los vecinos. Esta mujer ha ido temprano al Duomo y se le saltan las lágrimas. Tiene muchos de sus discos. La ópera en Italia, y más aquí, es popular, cotidiana, la música que se canturrea.
La primera casa de Pavarotti, de su padre panadero y su madre empleada en la fábrica de tabaco, son 40 metros cuadrados con una habitación, una cocina y un baño. Luciano, rodeado de tías y vecinas, era el único niño del vecindario, el primero en seis años en 15 familias. Fue mimado, dormía en la cocina, feliz, acunado en el perfume femenino y de la comida, los que serían los dos mayores placeres de su vida. Después de cenar, le abrían la cama plegable.
Comida y mujeres. Su dietólogo y amigo, Andrea Strata, contaba ayer su misión imposible: «Él se hacía sus diagnósticos y había que confirmárselos...». Loco por la lasaña, los tagliatellete, los tortellini, Pavarotti odiaba la gimnasia y no permitía que nadie mirara cuando se pesaba. En cuanto a sus amoríos, también había ayer cotilleos, como en cualquier pueblo. Se dice que habrá que esperar al testamento, porque a lo mejor da sorpresas, pues con su segunda mujer, Nicoletta Mantovani, 34 años menos, al final la cosa no era tan idílica. En fin, maldades.
Al final de la calle está todavía el Polisportivo San Faustino, una club social de 'bocce', la petanca local, donde jugaba su padre y a veces él. Al fondo hay una sala donde bullen las partidas de cartas. Se juega a 'briscola' y pinacle. Todos son de la quinta de Pavarotti, con ese carácter emiliano tan jovial, y cuentan muchas historietas. «Cuando pasabas con la bici al lado del horno de su padre les oías cantar a los dos, ¿cómo cantaba su padre! ¿casi mejor que él!», dice Pierino Broglia, de 77 años.
Al lado, en el campo de fútbol, un viejo entrenador que lleva décadas sacando equipos infantiles, Ottavio Venturelli, recuerda al tenor de sus tiempos en la Invicta, el equipo parroquial. «¿Que si era bueno? En fin, discreto...», dice con una sonrisa. En la posguerra la iglesia de San Faustino era el último edificio del barrio, antes del campo. Ahora está en una avenida. Más allá sólo estaba el canal, donde iban a pescar ranas. Por allí jugaba el pequeño Luciano con su pandilla, que aún es la misma y permanece unida. Se siguen juntando, casi siempre sin él, a jugar a 'briscola' en el club social de Invicta, un merendero con un campo de fútbol melancólico entre chopos. Allí se ve una foto de 1947 de los chavales. Pavarotti está tirado en el suelo, con el balón y las rodillas del pantalón llenas de barro. Como era el portero es el único vestido de calle. Los demás de la foto, Bonaccini, Maletti, 'il Colonello' ('el Coronel', por mandón y porque fue oficial), siguen pasando allí las tardes. Pavarotti no les olvidaba, siempre volvía a Módena, a casa. A veces aparecía para echar una partida. Ayer sus amigos no querían hablar, estaban tristes. El mundo ha perdido un mito, pero ellos, además, a aquel niño despierto compañero de cartas, de fútbol, de pescar ranas.






