
EL GANADOR
Deseaba una escapada y la fuga no llegó. Ya puestos, prefería una recta final en cuesta y con viento de cara. Le va bien el 'más difícil todavía'. Pero la Avenida de la Paz, en Logroño, es plana y con el aire a favor, ideal para Petacchi o Boonen. «Venía pensando que era un sprint para ellos. No para mí». Ya. Y ya puestos: tercera victoria en seis etapas -otros dos días fue segundo-. Le preguntaron entonces por mañana, por el final de hoy en Zaragoza: «Pues si hay sprint, me tendré que meter», dijo como chasqueado.
Freire es inabarcable. Para definirle es mejor escuchar a sus rivales, sus víctimas y admiradores. Por ejemplo, a Koldo Fernández de Larrea, al joven que ha dado velocidad al Euskaltel-Euskadi: ayer fue segundo tras el cántabro. Él lo narra: «Freire lo ve todo como a cámara lenta. Es increíble. En el sprint todo es tan rápido... Nervios. Prisas. Cada movimiento es veloz. Pero él siempre está tranquilo, en su sitio». Cuando se ve a Freire, esprintar parece fácil. Cuando se oye a Fernández de Larrea suena a guerra: «Me cuesta colocarme. Me paso los últimos kilómetros remontando». Gastando. Conceder un céntimetro de más en la hilera del sprint se traduce en un corte profundo. Hacia atrás. Koldo es un potro, rostro de púgil. Velocista a puñetazos. Mandíbula poderosa. Duro. Tiene que ser difícil ser velocista. O sencillo. De eso hay una prueba: Óscar Freire. Tres veces campeón del mundo, dos de la Milán-San Remo. «Este año, en la mitad de las carreras he sido o primero o segundo», resume. Y, claro, anda ya algo aburrido.
Al inicio del día, junto al Pantano del Ebro, Freire era un tipo feliz. Reinosa formaba un haz de miradas con él como diana. Arriba, un sol redondo, total, templaba la mañana. La etapa se iba a ceñir al curso del Ebro. Un río caprichoso. Con el Cántabrico al lado, le da por un largo viaje hacia el Mediterráneo. La Vuelta siguió su curso. Quebrado. Angosto. De asfalto antiguo. De viejas choperas. De escapada: la que compartieron Krivtxov, Backstedt, Augé y el malagueño López Gil. El 'malagueta', le dicen. El chico corpulento que se ganaba el pan pescando pulpos. El que esculpió sus piernas en un 'pedalo', en uno de esos botes a pedales para turistas. Entre los cuatro le alegraron a Freire el camino hacia La Rioja, la corteza del vino.
A por el cuarto Mundial
Cuando apareció el primer cinturón de viñas, el viento comenzó a culebrear. Por la izquierda. Tenía filo. Cortaba. La recta hacia Anguciana cascó al pelotón como a una nuez. Freire se inquietó. No por su situación, sino por la velocidad. Así no iba a llegar la fuga. Y no llegó. Mala suerte. Tenía que trabajar. Otra vez. Él no es un ciclista a pulso. Ni de entrenamientos obsesivos. Ni avaricioso. Había ganado en Santiago y en Reinosa. Ya valía. Le espera en Sttutgart su asalto al cuarto Mundial, al lugar donde nadie ha estado. Ni Merckx. Por eso, Logroño le pillaba a desmano. Hinchado de victorias. Perezoso. «Y con el viento de culo, favorable para los velocistas con más peso». Pero... El sprint nunca es de nadie. De Freire.
«Me falta vista para colocarme. Es mi fallo», maldecía Koldo Fernández de Larrea. Le sobra músculo, arrancada. Le falfa eso, lo que el instinto le regaló a Freire. El cántabro, el que no quería, ingresó en el último kilómetro pedaleando sobre la mejor sombra, la de Petacchi y el tren de su equipo, el Milram. A cámara lenta dentro del caos. En el sitio. Donde todos quieren estar, iba el que no quería. Como si nada. La victoria perezosa de Freire.







