Estaba la suprema calidad vocal, por supuesto, con el tono y la coloratura, con ese toque de 'squillo' que distinguía sus notas agudas, con ese fraseado que floreaba las vocales y disparaba las consonantes, con esa potencia que convertía en trueno el drama representado y hasta con esa elegancia surgida de la mejor tradición del bel canto.
Pero junto a tan grande patrimonio lírico, Pavarotti tenía igualmente la inteligencia y el instinto para convertir sus limitaciones físicas en activos interpretativos, sus carencias de formación en magistrales improvisaciones y las dificultades vocales para algunos papeles en valientes apuestas saldadas con éxito.
Con todo ello, y sobre todo con su popularidad y su humanidad conmovedora, Pavarotti no sólo fue el gran tenor lírico de los últimos cincuenta años, sino también un fenómeno cultural de masas que llevó la ópera a la calle; es decir, al terreno más alejado de los puristas, de los elitistas.






