Se entreabren algunas puertas, pero por ellas no caben los peces gordos. ¿Cómo va a colarse por una rendija alguien del calibre de Rodrigo Rato, cuya presencia la reclama el ochenta y tantos por ciento de los votantes de su partido? Otro porcentaje, casi igualmente alto, quiere que Ruíz Gallardón sea candidato, o sea, que tiene la misma aspiración que él. O se amplía el aforo o hay un tumulto a la entrada del teatro de la eterna farsa. No está nada claro, hasta ahora, el papel que desempeñará cada uno, salvo el que interpretarán los que manden a la mierda, que en pura lógica serán un papel higiénico.
Hay muchas conversaciones privadas, que como todo el mundo sabe son aquellas que antes se hacen públicas. Los secretos deben de ser entre una sola persona, ya que si participan dos son imposibles de guardar, pero en lo que más urge la discreción es en el reparto de promesas. Ahí sí es necesaria la sensatez. Que no se líen los políticos la manta a la cabeza y empiecen a hacer ofertas de imposible cumplimiento, que todo eso se vuelve luego en contra de ellos y la manta se convierte en una venda. Almunia ya ha advertido a Zapatero, que es un pródigo de boquilla, que las promesas electoralistas pueden asfixiar la economía. «Prometer no empobrece», que dijo el clásico, pero si el que promete cae en la absurda tentación de cumplir lo prometido, puede lograr que seamos todos más pobres.







