
Aún siguen plantadas ante el Coliseo las columnas de poliéster que reconstruyeron el templo de Venus para la superfiesta. Probablemente no sea una decisión de nadie y se queden ahí, por dejadez, como una ruina más del Foro. También se puede ver todavía en torno al Ara Pacis la exposición de maniquíes con sus mejores modelos. Valentino, que ha vestido a Jacqueline Kennedy, a Farah Diba, a Liz Taylor, a Lady Di, a Clinton, que es elegido por decenas de actrices cuando recogen el Oscar, que tiene un retrato que le hizo Warhol, se despide en este aura de clasicismo. Aunque en julio ya se intuía la despedida lo más seguro es que se despida varias veces más, pues se hace querer y se preocupa por los suyos. Por ejemplo, cuando viaja llama y moviliza constantemente a su veterinario para que le diga cómo están sus perritos. Así que además de los elogios, que ya comenzaban ayer, el adiós será largo. Por de pronto, aún terminará una colección para los desfiles de octubre en París. Habrá otra apoteosis. En enero presentará su última entrega de alta costura. Más apoteosis. Y no abandonará el mundillo, porque quiere crear instituciones de estudio y promoción de la moda.
Pero no es sólo el fiestón y sus 75 años lo que empuja a Valentino hacia la puerta, también el penúltimo cambio de propiedad de su criatura, que cada vez es menos suya. El modisto sufrió lo suyo en 1998 cuando se la compraron, aunque mantuvo el control creativo de la casa. Al menos quedó en manos de un grupo de moda, pero el mundo del dinero cada vez es más anónimo y en mayo cayó en poder de Permira, un fondo de inversión norteamericano. Este último envite le ha pillado mayor y encima de fiesta en la cumbre. Se le quitan a uno las ganas de volver a trabajar.






