
Según relata Robert Drapper en 'Muerte Cierta: La presidencia de George W. Bush', que ha tenido hasta seis entrevistas con el mandatario, el equipo de dinosaurios que parecía ejercer una disciplina de lealtades inquebrantables ha expresado con más frecuencia de la que se pensaba su disgusto hacia figuras controvertidas como el vicepresidente Dick Cheney o el ex secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ambos viejos colaboradores del Gobierno de Bush padre.
Karl Rove, por ejemplo, calificado por el propio presidente como su arquitecto electoral, y conocido como 'el cerebro de Bush', título de un documental, se opuso al fichaje de Cheney como segundo de a bordo. Cheney había sido contratado para seleccionarle un vicepresidente, pero acabó decidiendo que él mismo era el mejor candidato para el puesto. Dado que Cheney había sido ministro de Defensa de Bush padre, Rove consideró que su adicción a la papeleta electoral abonaba el mensaje de sucesión familiar con el que le atacaban los demócratas. «Seleccionar al máximo gurú de política exterior de papá iba contra el mensaje de campaña. Era peor que un fichaje fácil, parecía necesidad». Pero a Bush no le importó, dijo que se sentía cómodo con Cheney «y no vio peligro alguno en darle un poder sin precedentes en el puesto», dice el libro.
Desde entonces, el oscuro Cheney se convertiría en la persona que más influiría sobre Bush, además de su esposa Laura, que pese a las apariencias también metía la mano en las decisiones políticas. Fue el caso de Harriet Miers como candidata al Tribunal Supremo, defendido a ultranza por Laura, en contra de conservadores y demócratas. Su nominación sucumbió ante la oposición del Congreso y fue reemplazada por Samuel Alito.
El mandatario también ignoró la opinión de su gabinete cuando un día les hizo votar informalmente durante una cena privada sobre la conveniencia de mantener a Rumsfeld en el cargo. Siete de ellos, incluyendo Condoleezza Rice, votaron en contra, mientras que él se sumó a los tres que le apoyaban, entre ellos Rove. Su sustitución llegaría siete meses después, tras el fracaso electoral.
El ex asesor de Bush también le traicionó cuando le aseguró personalmente que no sabía nada sobre el caso de la espía de la CIA Valerie Plame, cuya identidad fue filtrada a la prensa como venganza por las opiniones que había expresado su marido en contra de la invasión de Irak. «Cuando Bush se enteró de que no había sido así, saltó hasta el techo», dice el libro.






