
Cuando se malogra un contrato, no sirve de nada, y no es de buen estilo, señalar culpables. Si el jugador interesaba al Athletic, a la junta directiva que lo utilizó expresamente como reclamo durante la campaña electoral, al entrenador que recomendó su fichaje, y si el jugador, como parece, quería venir, debería haberse negociado con él como se hizo con los demás, evitando el discurso de la lealtad y los principios morales, sin husmear en el interior de los corazones. Tal vez ambas partes se equivocaron al considerar que estaban condenadas a entenderse, e interpretaron que habría de ser a cualquier precio. Y se equivocaron, desde luego, apurando hasta el final el intercambio de faroles. Las declaraciones solemnes convierten en reo de las mismas a quien las formula. Fue como cerrar una puerta sin necesidad, como cortarse la propia retirada. Se trataba sencillamente de la negociación de un contrato.
La gestión de la nueva directiva en la contratación de refuerzos ha sido notable, pero no es elegante apuntarse los éxitos y buscar culpables ajenos de los fracasos. No es elegante ni inteligente, ni seguramente justo, convertir al jugador, ante la opinión pública, en una especie de mercenario sin sentimientos, como si el resto de los futbolistas jugara gratis, como si los empleados de los contratos blindados hubieran trabajado tan sólo por amor al club, como si los paternales presidentes que firmaron esos contratos hubieran pagado de su bolsillo la pólvora del rey, como si los entrenadores de sangre más rojiblanca no hubieran cobrado hasta el último céntimo de sus contratos, cuando fueron despedidos. El encono posterior al desacuerdo es otra puerta cerrada a nuestra espalda, nos corta de nuevo la retirada, limita la capacidad de maniobra en el supuesto de que el jugador, consideradas de la manera más aséptica sus cualidades futbolísticas, nos siguiera interesando en el aún más reducido mercado de invierno.








