
En tres meses la república islámica ha llegado a esa piedra de toque marcada por las tres mil centrifugadoras. Este dato, que aún no han confirmado los investigadores enviados periódicamente por la AIEA a las plantas nucleares del país y que hablan de no más de 1.600, supondría, según los expertos, que Irán ya estaría en disposición de enriquecer suficiente uranio como para fabricar una bomba atómica en el plazo de un año. Este es el prisma de la comunidad internacional, muy distante al de las autoridades islámicas, que insisten en los fines pacíficos de su controvertida carrera nuclear.
«¿Veis cómo hemos conseguido ser un país nuclear en poco tiempo sin necesidad de dar nada a cambio?», proclamó el dirigente ultraconservador en el marco del Congreso General de las Sociedades Islámicas Estudiantiles, celebrado en el Palacio Presidencial. Ahmadineyad exigió además que se devuelva el contencioso al marco del AIEA, lejos del Consejo de Seguridad de la ONU, que es quien se encarga de imponer unas sanciones que «no van a conseguir nada». «En Occidente creían que con la aprobación de resoluciones contra Irán daríamos marcha atrás, pero el pueblo iraní ha demostrado una y otra vez sus logros nucleares», aseveró. Esta revolución atómica que vive el país contradice la versión de la mayoría de analistas de la oposición que achacan la grave crisis económica -que ya ha costado el puesto a dos ministros y al director del Banco Central- a las duras medidas impuestas por la comunidad internacional.
En referencia al posible endurecimiento de las sanciones por acelerar aún más su programa nuclear, Ahmadineyad se mostró tranquilo y restó importancia a los intentos de algunas potencias occidentales, especialmente Estados Unidos. «Los enemigos de Irán están aislados de forma completa y por eso gritan de forma continua», celebró.
«Fines pacíficos»
El último informe de Mohamed El Baradei, como todos los anteriores, ha tenido una doble lectura en la que el país persa ha visto respaldada su política. Lo que desde Occidente se interpretó como «un paso adelante» al comprometerse Irán a facilitar la labor de los investigadores y a establecer un calendario de trabajo «para eliminar las ambigüedades» de su programa nuclear, en Teherán fue visto como un estudio que afianza una vez más la idea de su desarrollo atómico con «fines pacíficos».
El único punto claro a estas alturas es que se suceden los informes del organismo internacional e Irán no sólo no suspende el enriquecimiento de uranio, sino que cada vez presenta mayores progresos en su programa. El paso del tiempo refuerza la postura de un Ahmadineyad que en los dos años que lleva al frente del país ha hecho de la carrera nuclear la piedra angular de su política y que ahora se muestra partidario de «compartir sus descubrimientos con otros pueblos».
«Desde nuestro punto de vista se ha acabado la polémica internacional y solamente un par de países hacen inútilmente ruido, pero les aseguro que no van a conseguir nada», sentenció Ahmadineyad, mientras reiteraba que Teherán está dispuesto a trasladar su experiencia atómica a otros países interesados bajo la supervisión del AIEA.






