
EL RETORNO
En la residencia madrileña 'El retorno', la única que hay en España para emigrantes que regresan, se acoge a españoles que vuelven a casa sin recursos después de haber pasado casi toda su vida en el extranjero. Allí esperan, a veces durante años, hasta que su comunidad autónoma de origen les asigna una plaza en un centro. Mientras llega ese momento -la mayoría aprovecha la espera para escribir sus memorias a lápiz, en cuadernitos cuadriculados-, sueñan con ver los paisajes de su infancia «antes de morir», una coletilla ominosa que repiten a menudo, y si hay suerte, reconocer en los rasgos de otro anciano a algún personaje de su niñez. Sin embargo, son conscientes de que lo que dejaron atrás es irrecuperable, porque la única forma de volver a casa sería viajar en el tiempo.
ANTONIA GARAY
«Necesito ver de nuevo mi caserío»
Antonia sabe que tiene un genio de mil demonios. «En 87 años he soportado mucho, a la fuerza he de tener el corazón muy duro», justifica tajante. No le falta razón. A los 15 años se quedó sola en el mundo. Su familia, que vivía en un caserío de la localidad vizcaína de Atxondo, huyó del pueblo. «Franco estaba en Anboto y tuvimos que irnos. Pero al llegar a Santander empezó un bombardeo y los míos se metieron en un túnel. Yo no estaba con ellos, porque había ido a hacer unos recados. Cayeron las bombas y allí se quedaron no tienen ni sepultura». En cuestión de días todo su universo conocido se hizo trizas. Primero su casa, luego su familia. Sólo tenía 15 años y era una niña de aldea que «hablaba vascuence», no una heroína de película, pero con esa determinación de hierro que nace de los momentos más desesperados se dio cuenta de que tenía que continuar su viaje para ponerse a salvo. Cuando recuerda el día en que sus esperanzas infantiles quedaron sepultadas, Antonia no llora. Sólo se pasa la mano por su lacio cabello dorado y mira por la ventana, rumiando algún recuerdo que prefiere no verbalizar, no vaya a ser que su proverbial dureza se resquebraje. Quiere mantener la compostura, pero el periódico que sostenía con fuerza entre sus manos se ha caído desmayado en su regazo. Ya no le interesan las noticias del día, sólo los acontecimientos de un pasado que recuerda con la precisión de un reloj suizo. «Llegué a Portugal, allí viví escondida durante años, porque el Gobierno de allá era amigo de Franco. Luego me casé con un portugués, ya me hice legal y pude descansar un poco», explica.
Realmente, su alivio fue muy pasajero. Su marido, que trabajaba en una compañía de seguros, fue destinado a Angola, por aquel entonces colonia lusa. Una ola de violencia recorrió el país, porque, como ocurrió en muchos países africanos, la independencia llegó a golpe de machete. «¿Nos querían cortar el cuello porque éramos los colonizadores! ¿Al escapar lo perdimos todo, pero tuvimos suerte de salvar la vida!», señala. Era la segunda vez que se veía obligada a convertirse en una fugitiva. A su vuelta a Portugal, decidida a empezar de cero, se divorció de su marido -«bebía mucho y me cansé»- y concluyó que ya era hora de volver a Atxondo, una idea que nunca la había abandonado. «Siempre he tenido añoranza de mi país, de mi pueblo, necesito ver de nuevo esas laderas hermosas de Anboto, pero, sobre todo, mi caserío», recalca con un sibilante y lánguido acento portugués.
Pero esa voluntad volcánica que la ha hecho sobrevivir a dos guerras chocó frontalmente con un obstáculo inesperado: una burocracia lenta y desesperante que carcome las esperanzas más robustas. Lleva un año y cuatro meses en 'El retorno' y aún no la han concedido una plaza en ninguna residencia de Atxondo ni de sus alrededores. «El alcalde de allá dice que mi pensión de 230 euros es muy pequeña y que las residencias son caras, que no se responsabiliza Sólo pido que me den una esperanza, porque, aunque estoy bastante bien de salud, sé que no me puede quedar mucho tiempo, algunos se han muerto aquí esperando y yo no quiero que me pase eso». Para calmar su ansia de ver la que era su casa y que ahora, al parecer, es un asador, Mónica, una visitadora social, le ha enviado una foto del caserío donde nació con una nota: «¿Lo reconoce?». «Cómo no, se veía hasta la ventana de mi habitación», exclama. Y ahí sí que esta mujer, que parece revestida de acero y que es una experta en contener el llanto, lloró y mucho.
MANUEL RUIZ
«Allá no podía mantenerme»
«Me falta tiempo para no hacer nada ». Así empieza la carta que Manuel está escribiendo a su hija «querida», de la que se despidió hace año y medio. Ella se quedó en México y él regresó a España después de haber vivido 58 años en aquel país. Las misivas, que guarda como un talismán entre sus cosas, son una sucesión de anécdotas cotidianas y divertidas que no consiguen enmascarar el punzante dolor de la separación. Porque Manuel añora México y también a los suyos, sobre todo a su nieto Guillermo, un virtuoso del violín cuyo recuerdo le arranca una llantina inesperada que sofoca en pocos segundos. Ha aprendido que la vida del emigrante es ir sumando nostalgias. Cuando se fue de su Madrid natal con apenas veinte años «en busca de una vida mejor», tuvo que sobreponerse al desarraigo, y ahora tiene que lidiar de nuevo con la misma sensación. «Sólo que ahora soy un viejo ya y no tengo ese empuje que te da la juventud para afrontar los cambios-dice-. Cuando veo en la tele a los emigrantes que vienen a España, me veo a mí recién desembarcado en México. Fui un 'ilegal', como ellos. Menos mal que me conseguí una documentación falsa, con un nombre muy indígena, algo así como 'Aparcintufafán', que yo siempre fui incapaz de pronunciar».
Con estos recuerdos cómicos trata de desdramatizar el epílogo de su aventura migratoria, porque su regreso a España no ha sido el colofón triunfal a una vida de trabajo que estaba previsto. Dos boyantes negocios que había levantado con mucho esfuerzo, una zapatería y otro de material quirúrgico, se fueron a pique. «Me vi en la ruina dos veces», recuerda. Las decisiones financieras de «los terribles Gobiernos que ha tenido México» y las pavorosas devaluaciones del dólar frenaron su «buena marcha». Y al llegar la vejez ya no se sintió con fuerzas para iniciar otro reflote. «Allá no encontraba forma de mantenerme y no quiero depender de mis hijos, así que tuve que volverme», admite. Y en esas está ahora, esperando a que le trasladen a una residencia en Colmenar Viejo, donde sueña con tener «una habitación privada», dice distraído mientras rebusca más cartas entre sus pertenencias, guardadas en maletas a medio deshacer y en bolsas de plástico que convierten su habitación en un escenario de absoluta provisionalidad.
Mientras aguarda su traslado, aprovecha las horas para mantener una frenética correspondencia con su familia, para ir a nadar y, sobre todo, para saquear la biblioteca, porque siempre fue «muy afecto a leer». Tampoco escatima tiempo en el cuidado de su aspecto: va hecho un brazo de mar, con una camisa impecablemente planchada, e incluso corre a cortarse el pelo antes de que le saquen las fotos para el reportaje. De hecho, a algunas de sus compañeras de la residencia no les pasan desapercibidos sus esfuerzos. «Pero es que yo, después de María Luisa, 'la difunta' ». ¿Otra nostalgia más, la de un amor arrebatado por la muerte? «No, qué va, ella no falleció, es mi ex mujer, pero el día que nos separamos la bauticé así, porque para mí se murió, ja, ja», aclara, con tremendismo de ranchera.
TERESA BANQUE
«No sé qué haré al ver mi pueblo»
La vida de Teresa es un libro de Historia. Parece mentira que esa mujer menuda, de nariz chata y que recoge su melena en un moño digno de una bailarina del Bolshoi, haya podido sobrevivir a tantos capítulos nefastos del siglo XX y conservar la lucidez. Ella, nacida en la localidad tarraconense de Reus, es una 'niña de la guerra' y recita, como una alumna aplicada, su demencial periplo vital casi como si fuese una lección aprendida en el colegio. «Primero huimos a Francia por la Guerra Civil, allí estuvimos en un campo de refugiados, más tarde nos llevaron a Rusia en 1939, donde nos pilló la Segunda Guerra Mundial, después fui a la Universidad de Moscú, me licencié en Historia, me casé con un ucraniano, que se llamaba Alexei, empecé a trabajar como maestra, tuve a mi hija Ludmila ». Quiere pasar de puntillas, como en un ballet, sin detenerse siquiera en acontecimientos felices, por si los detalles de la narración pudiesen traer consigo, enganchados a traición, el recuerdo de tiempos grises y el fantasma de personas que se quedaron en el camino.
Teresa hace una pausa como para coger aire y prosigue: «Luego viví en Ucrania y estaba allí en 1991 cuando pasó lo de Chernobil, así que, una vez más, tuve que hacer las maletas y marcharme corriendo a Leningrado -actual San Petersburgo- y ya, para finalizar, estuve en Israel, en la ciudad de Haifa, hasta hace mes y medio». Terminada su narración, cruza las manos sobre el pecho y coloca, al fin, una sonrisa satisfecha en su cara de muñeca. ¿Ha terminado entonces su alocada carrera? No, qué va. Madrid no va a ser su última estación. Todavía le falta llegar a Reus, su localidad natal, la que abandonó siendo una niña, la que ha recorrido con el pensamiento «muchísimas veces» a lo largo de su agitada vida. «Echo de menos Rusia e Israel, pero nada es comparable con lo que he añorado Reus toda mi vida, nunca me hubiese ido de no ser por la guerra, era un pueblo tan, tan bonito, tengo tantas ganas de verlo otra vez », dice con ensoñación. Enseguida se da cuenta de que ha hecho un comentario un poco ingenuo, porque casi siete décadas después de su marcha quedará mas bien poco del escenario de su niñez y el choque entre la imagen mental a la que se ha agarrado todos estos años y la realidad puede ser demoledor: «Soy consciente. No sé qué haré cuando lo vea, pero creo que tendré una gran emoción. Esté como esté ahora, para mí va a seguir siendo el pueblo más bonito del mundo, porque es el mío, ¿no?».








