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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 29 mayo 2012

Sociedad

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En tren por la ruta de Miguel Strogoff
Rusia recupera el lujo perdido durante la época soviética en la línea férrea que une Moscú con Vladivostok, a orillas del Pacífico
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En tren por la ruta de Miguel Strogoff
SUNTUOSO. El restaurante del Zolotói Oriol imita el estilo marcado por el Orient Express. / EL CORREO
La célebre obra de Julio Verne 'Miguel Strogoff' se publicó en 1876. La línea del Transiberiano no había empezado a construirse todavía, pero, gracias a los lances del 'correo del zar', la gélida Siberia empezó a ser conocida para los europeos. Una tierra no menos legendaria que el Lejano Oeste americano. Siberia (Sibir, en ruso) atrajo el interés de colonos, buscadores de oro y todo tipo de aventureros.

Es una plataforma continental de mayor tamaño que EE UU, China o Canadá. Cuenta con la mayor masa forestal del planeta, la taiga. Refugio de rufianes y lugar a donde solían ser deportados los delincuentes y represaliados políticos, podía ser más o menos difícil evadirse de los campos de concentración (gulag) estalinianos, pero no tenía sentido. En miles de kilómetros no hay más que frío y depredadores. En verano, el deshielo convierte el bosque en un inmenso cenagal infranqueable. Millones de enormes mosquitos se ensañan con quienes no se aplican en la piel cremas para ahuyentarlos.

La vía más larga

La parte más conocida y civilizada de Siberia es su tercio sur. En esa franja se encuentran las ciudades más importantes y discurre la línea del Transiberiano. El lago Baikal es la atracción principal en el itinerario. La vía es la más larga del mundo y comenzó a tenderse a partir de 1891 desde los dos extremos simultáneamente. Fue una obra faraónica en la que participaron más de 100.000 trabajadores.

Quedó terminada en 1900 y transita a través 400 puentes, 87 centros de población y 16 grandes ríos. Lo que las diligencias postales recorrían en tres meses el tren lo empezó a cubrir en quince días. En la actualidad, se tarda sólo una semana en ir en el Transiberiano desde Moscú a Vladivostok, ciudades entre las que media una distancia de 9.300 kilómetros. Durante el recorrido hay que cambiar ocho veces las agujas del reloj. Cuando en un extremo amanece, en el otro se pone el Sol.

A principios del siglo XX, las máquinas de vapor del Transiberiano arrastraban suntuosos coches cama, vagones restaurante, biblioteca y hasta compartimentos con sauna y baño turco. El lujo desapareció tras la Revolución Bolchevique y el tren se convirtió en un simple medio de transporte. Los turistas europeos que se aventuraron a subirse en el Transiberiano conocen bien las incomodidades de tantos kilómetros en tren. La taiga acaba haciéndose monótona y la mayoría de las ciudades tenían poco que mostrar. Pese a la variopinta fauna de personajes con los que uno se topaba, se terminaba deseando llegar cuanto antes al final.

Pero la situación ha cambiado en los últimos años. Los trenes que van desde Moscú y San Petersburgo hasta Vladivostok, Mongolia y China son cada vez más confortables. Las ciudades por donde pasan se modernizan a pasos agigantados y sus pobladores empiezan a comprender que el turismo reporta importantes beneficios. En marzo apareció un nuevo tren en la ruta, el Zolotói Oriol (Águila de Oro), el convoy más lujoso que jamás antes haya cruzado Siberia. Está inspirado en el mítico Orient Express. «Es la ruta de ferrocarril más larga del mundo, pero también una de las más bellas y hacía falta un tren cómodo para atraer el turismo», reconoce Guennadi Korsunov, director de la empresa dueña del Zolotói Oriol.

El convoy está compuesto de doce coches cama, dos restaurantes, una cafetería y tres vagones de servicio, uno para el personal, otro para equipajes, dotado también de generador y frigorífico, y el que alberga la lavandería, el salón de masaje y la consulta del médico. Para darle un toque más romántico, al comienzo del viaje, la locomotora es de vapor. Más adelante, se enganchan máquinas mucho más modernas, aunque menos llamativas.

A lo largo del recorrido se ven los ríos Volga, Obi, Yeneséi, Angará y Amur, el lago Baikal, ciudades como Kazán, Ekaterimburgo, Novosibirsk, Irkutsk, Ulán Udé y Ulán Bator, la capital de Mongolia. La salida de Moscú se hace por la noche. Al día siguiente se llega a Kazán, capital de la repúblicade Tatarstán, un bello lugar en donde las iglesias ortodoxas se entremezclan con las mezquitas. El tren abandona la ciudad hacia el atardecer y, tras cruzar Volga, se dirige hacia el Sureste.

A Ekaterimburgo, en los Urales, se llega también por la mañana. La ciudad fue escenario de la brutal ejecución del último zar ruso, Nicolás II, y su familia. Se visitan algunos de los lugares relacionados con el magnicidio y también el obelisco que marca la frontera entre Europa y Asia, situado a 1.800 kilómetros de Moscú. La siguiente parada es Novosibirsk, la urbe más grande de Siberia y sede de la famosa Ciudad de los Científicos.

El lago Baikal

Antes de alcanzar Irkutsk, habrá que pasar 36 horas seguidas en el tren con alguna que otra pequeña parada. La ciudad conserva intactas las casas de madera en donde vivieron los 'decembristas', oficiales del Ejército imperial que protagonizaron una insurrección en 1825. La mayoría de ellos fueron deportados a Siberia por orden del zar Nicolás I. A medio centenar de kilómetros de Irkutsk está el lago Baikal. El tren nos acerca hasta la orilla. De forma aplatanada y con una tamaño mayor que el de Bélgica, es el más antiguo y profundo de la Tierra. Está rodeado de montañas y contiene la quinta parte de las reservas mundiales de agua potable. Tiene una flora y una fauna únicas.

Al día siguiente, el noveno ya de travesía, los pasajeros llegan a Ulán Udé, capital de Buriatia y cuna del budismo ruso. Por allí pasaron las hordas de Gengis Khan en su avance hacia el Oeste. La ciudad tiene entre sus monumentos la cabeza de Lenin más grande que existe. El tren se adentra después en territorio mongol y llega, tras una noche más de viaje, a Ulán Bator. El paso por la capital de Mongolia tiene múltiples alicientes, pero el más atrayente lo constituye la visita a un poblado nómada, en donde el recibimiento acostumbra a ser muy hospitalario. Los viajeros pueden degustar la cocina local en las típicas yurtas (tiendas de campaña).«Los pasajeros más frecuentes son financieros y artistas rusos - explica Korsunov-. También hay miembros de casas reales europeas y turistas acomodados de Europa, EE UU y Australia, muchos de ellos jubilados».

A Vladivostok, la parada final, se arriba después de tres días ininterrumpidos de viaje a través de una de las regiones más pintorescas y bellas de Siberia. Desde el tren se contempla el majestuoso río Amur, frontera natural entre China y Rusia. Vladivostok es el puerto más importante en el Extremo Oriente ruso y está en el mar de Japón, a tiro de piedra de China, Corea del Norte y la isla nipona de Honshu.

«El año que viene queremos poner en funcionamiento un tren con vagones a medio camino entre el coche-cama sencillo y el compartimento de lujo. Será más accesible a un sector de población más amplio», dice Korsunov.
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