
Todas las instituciones europeas, empezando por el presidente de la Comisión José Manuel Durao, y la mayoría de países miembros, han felicitado la elección de Gul, como un paso de normalidad democrática. En realidad, el pulso que sostuvieron el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, islamista) y el Ejército como representante de las fuerzas laico-republicanas y kemalistas, se ha consumado claramente a favor del primero en la tercera votación parlamentaria en la que los diputados del AKP impusieron su mayoría absoluta.
La crisis política que se desató la primavera pasada cuando los militares advirtieron de que no les gustaba la perspectiva de tener a un miembro de este partido como presidente y, por tanto, como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, fue llevado a las urnas y la sociedad turca apoyó masivamente al AKP.
Aunque el general Yasar Buyukanit, jefe del Estado Mayor, aún ha vuelto a enseñar los dientes este lunes -anticipando contra todo pronóstico un discurso que hubiera tenido que leer el día 30- el veredicto de electores en julio pasado no les ha dejado mucho margen de maniobra: les guste o no, los turcos han aceptado claramente la perspectiva de que Gul
se convierta en el presidente de la República.
El diario progubernamental 'Zaman' decía ayer que Gul frente a todas las apariencias no es el primer presidente cuya esposa se cubre con el pañuelo islámico, anticipando una expresión externa del principal problema que se
esconde tras esta crisis política.
Integridad indivisible
Gul ha jurado su cargo diciendo que comprometía a «defender la integridad indivisible de la nación, cumplir con la Constitución, el papel de la ley, la democracia, el principio de la República secular», pero luego, a lo largo de su discurso en el Parlamento ha dicho que «el sistema democrático a través del cual los ciudadanos eligen a sus propios representantes es una estructura basada en los principios universales de legalidad cuyas vías de recurso están abiertas para que los derechos y libertades individuales sean disfrutadas individual y colectivamente».
Según los expertos, esta frase abre la puerta a la posibilidad de que acepte la revocación de una de las leyes que resultan más polémicas en Turquía y que es la que prohíbe a las mujeres que vistan el pañuelo islámico entrar en las escuelas y universidades, así como los edificios públicos. Hasta ahora, Ahmet Necdet Sezer, el presidente saliente no había invitado ni a Gul ni al primer ministro Erdogan a actos oficiales para que no vinieran sus respectivas esposas al palacio de Çancaya, considerado como un edificio oficial. Su esposa, Hayrunisa Ozyurt, estaba entre las firmantes del recurso que varias organizaciones turcas -entre ellas el AKP- al Tribunal de Derechos Humanos del Consejo de Europa, que falló en contra de sus pretensiones. La revocación de esta ley sería una revolución impensable en muchos sectores de la sociedad turca.
Ahora, con Gul en el palacio de Çancaya, es posible que sea al revés y que quienes no quieran venir sean los militares y los representantes de las fuerzas kemalistas. En su discurso dio algunas pistas al decir que considera que «la libertad de expresión, pensamiento, religión y conciencia, que están reconocidas en la Constitución son la garantía de una vida digna para nuestro pueblo». Es decir, los tiempos en los que se aniquilaba la expresión religiosa se han terminado y empieza ahora un período en el que la libertad religiosa se enciende de una manera activa.






