Los deportistas son los héroes de ahora. Sus vidas, como las de los héroes antiguos, sirven a veces para la reflexión de los hombres corrientes. Hay muchas historias ejemplares en las vidas de los deportistas. Unas terminan bien y se ponen como ejemplo de superación. Deportistas que nacieron en suburbios, caminaron descalzos para ir a los entrenamientos, se sobrepusieron a enfermedades o lesiones que parecían definitivas y, al fin, como un merecido premio a su esfuerzo, consiguieron el éxito.
Otras historias son más tristes, como las de aquéllos que lo intentaron pero se quedaron en el camino. No debe de ser fácil sobreponerse a eso. Para algunos el problema llegó después de triunfar, cuando no fueron capaces de aceptar su retirada y se convirtieron en pobres diablos, juguetes rotos, caricaturas póstumas de sí mismos. Con esas historias tristes se han hecho buenas películas y se han escrito algunas novelas. Pero la historia de Antonio Puerta es demasiado exagerada, como escrita por un profeta apocalíptico con el propósito de que no olvidemos que nos tenemos que morir y puede suceder en el momento más inesperado. Decía Umbral que los escritores mueren con la pluma en la mano. Es lo natural. A punto de morir, se empeñaba en dictar a su mujer la columna para el día siguiente. En cambio es un disparate argumental la muerte, en el terreno de juego, de un futbolista.
Umbral fue un excelente articulista, un dandi ingenioso, acerado y arbitrario. Antonio Puerta era un zurdo con mucha clase, de largo recorrido. Tocaba el balón con el efecto y la precisión, curva y potente, de los mejores tenistas. Jugaba en un equipo al que todo parecía salirle bien. Era titular indiscutible en el Sevilla, había sido internacional y sonaba para dar el salto a equipos aún más importantes. Y entonces se muere, casi de repente, de una enfermedad de ésas que la ciencia consigue explicar cuando ya no importa.
Cuando éramos niños, los deportistas fueron para nosotros personajes mitológicos. Luego, la vida va pasando, y un día descubrimos que en los equipos juegan muchachos que podrían ser nuestros hijos. Es un disparate que se mueran esos chicos. No tienen edad para morirse, si hay alguna razonable para hacerlo. Las muertes como la de Antonio Puerta impresionan tanto, que se quedan grabadas, para siempre, en la memoria de toda una generación. Si se hubiera enterado, Umbral habría escrito una buena columna sobre ello.






