
Tal vez no sea imaginación lo que le falte a Dave Meyers. Quizá sea cinismo lo que le sobra. Cinismo que le lleva a construir una tramoya efectista, cultivando el esteticismo de lo feo para componer un guiñolesco escaparate destinado a camelar al público adolescente. Pero la coartada deja mucho que desear: nada de rigor en la descripción de los personajes, al tiempo que las secuencias aparecen compuestas con nula inteligencia.
A partir de ahí, todo vale, desde los gritos en la noche, hasta los recursos terroríficos más pedestres. Para colmo, los poco inspirados intérpretes se limitan a recitar sus frases con una falta de convicción que asusta, mientras que el clímax resulta tan disparatado como tramposo, sin auténtico impacto visual, puesto que se telegrafían los golpes de efecto antes de tiempo. En fin, la degradación a la que ha llegado el cine de terror mueve más a la risa que al espanto.






