
Mal fario o buen fario, esa fue la cuestión ayer en Estambul. Estudios universitarios realizados recientemente en Estados Unidos deducen que las personas que se entregan a las supersticiones son los peores estudiantes, los que tienen complicado el salto del instituto a la Universidad. Por muchos gatos negros, trajes amarillos o espejos rotos que se nos crucen por el camino, nada cambia, viene a decir la lógica. Sin embargo, existe la ley de Murphy, según la cual si algo tiene que salir mal, saldrá, o la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla. La gente toca madera, se cambia de fila en los atascos para seguir atascado y el Atlético siempre pierde en el Bernabéu.
El vahído de la chica fue como un gato negro pasando por debajo de una escalera para Alonso. Supersticioso empedernido, colecciona todos los cachivaches que le regalan los aficionados. Aquel Arigato de Japón, pulseras y cualquier otro presente que contribuya a su buena suerte. Antes alimentaba la costumbre de cantar junto a su representante los días de carrera. Aficionado a la música, al pop español -claro- y a los Red Hot Chili Peppers, entendía que eso ahuyenta los malos espíritus.
La muchacha se desmayó y Alonso salió de pena en Estambul. El sistema electrónico de arrancada -cualquier botón de la interminable ristra que llevan en el volante- volvió a renquear como en Hungría, cuando le rebasaron Kubica y Webber. Ayer volaron por encima de su McLaren los dos BMW, Heidfeld y Kubica. Una escudería, por cierto, que con un crack a los mandos da la impresión de poder ganar carreras ya.
Ferrari puso pies en polvorosa a través de Felipe Massa, finalmente ganador, y Kimi Raikkonen. La 'Scudería' ha regresado de su letargo y en Estambul se paseó un escalón por encima de los demás, siempre inabordable la pareja. Hubo una carrera por delante, con los Ferrari a escape libre sin problemas de convivencia, sin malentendidos radiofónicos ni líos de garaje, y otra por detrás, con Hamilton en plácido viaje tercero en tierra de nadie y Alonso desaforado intentando adelantar al de siempre, al rocoso Heidfeld.
No fue en la pista, sino con la manguera de la gasolina, donde Alonso rebasó a los dos BMW. Parecía sentenciada la carrera, sin más historia, vueltas de bostezo, cuando Hamilton reventó la rueda delantera derecha. Conmoción en el 'paddock'. Rugido asturiano en las gradas medio vacías. Mal fario, ley de Murphy, la suerte y la vida...
Caído de pie
El inglés deshizo su rueda en la curva 9, pasados los ocho segundos a fondo y los 25 kilos sobre su cuello del giro 8. Es decir, estaba al lado del garaje y encima tenía que entrar a repostar y cambiar gomas en ese momento. Si hay que tener mala suerte, que sea como Hamilton, se escuchaba al final de la carrera. El líder ha caído de pie en la Fórmula 1, no hay duda. Tiene talento, manos y ese don indescifrable del carisma.
El líder salvó un descalabro que podía haberle costado el Mundial. Sólo Alonso y el pertinaz Heidfeld le rebasaron por el accidente. Hamilton minimizó los daños. Cambió la rueda, no había estropicio alguno en su McLaren, y aguantó como un superviviente el acoso final de Kovalainen. Sigue líder. Cinco puntos sobre Alonso. Tiene flor.









