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Toda la vida de sol a sol
Empezó a vender barquillos con 13 años, en Bakio lleva ya casi tres décadas y confiesa que no le gusta la playa
26.08.07 -
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Toda la vida de sol a sol
Lleva casi tres décadas recorriendo la playa de Bakio. Arriba y abajo. Un kilómetro de ida, otro de vuelta. Y a su paso deja siempre el mismo estribillo: «¿Barqui, barqui, al rico parisién, patatas fritas!». Es pegadizo: lo canturrean los socorristas, las señoras que se pintan los labios bajo la sombrilla, los chavales con traje de neopreno, el ejecutivo que se ha traído el portátil para repasar el último informe... Todos ellos han crecido con esa tonada, cada verano, mañana y tarde. Juan Antonio Cabezas no les ha fallado nunca. Con el sol en lo alto, va y viene, puntual como las mareas.

«¿El tiempo vuela! Los niños de entonces ahora chapotean con sus hijos. Hace unas semanas, una pareja de hermanos, de treintaitantos, se quiso sacar una foto conmigo. No sé, serán los recuerdos...», sonríe Juan Antonio con modestia. Y desvía la mirada hacia la orilla, cada vez más lejos. La bajamar se aproxima: son las siete y veinte de la tarde. Lleva más de dos horas caminando, pero conserva la frente seca y la camisa impecable, como si acabara de salir de su casa de Gallarta. Sólo le delata la arena en las sandalias. «Uno se hace a todo. Llega un punto en que las cosas no te afectan. ¿Lo único que lamento es no haberme puesto crema cuando era joven! Con la capa de ozono nunca se sabe».

Juan Antonio apenas había cumplido 13 años y ya se pateaba Ereaga, Arrigunaga y Gorliz «para conseguir unos dinerillos en vacaciones». Y ahora, con 51, echa la vista atrás y lo tiene claro: «¿Donde haya una buena sombra...!». Por eso disfruta tanto de los paseos cerca del mar «cuando hace malo»; el cielo nublado y el viento fresco le alegran el día. Y si le acompaña su mujer, María del Carmen, y la hija pequeña, Andrea, todavía mejor.

Pescadero y frutero

El tiempo apremia. Su jornada termina dentro de diez minutos y los bañistas de la otra punta le aguardan. Juan Antonio está acostumbrado a coger carrerilla y no detenerse. Se mantiene siempre en la brecha: ha sido pescadero y frutero en Portugalete y Sestao, se gana la vida como electricista y nunca ha parado de trabajar de sol a sol durante el verano. «Me he movido bastante desde que llegué de Zamora cuando era crío, eso es verdad», reflexiona con gesto serio, balanceando suavemente la bandeja de barquillos.

Los años vuelan, las canas se multiplican, pero las piernas siguen respondiendo. Un kilómetro de ida, y otro de vuelta. A estas horas, la arena se encuentra fría y el sol no le abrasa la coronilla. «Debo continuar...». Y se marcha a grandes zancadas, con los ojos clavados en el suelo, mientras queda en el aire un estribillo de pocas palabras que no ha variado desde 1980. Va y viene, puntual como las mareas.
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