
Juan José Padilla impresiona lo mismo con el traje de luces que en la habitación del hotel, el cuerpo una pura cicatriz, rodeado de bolsas del Lidl compradas a la carrera después de haber toreado la víspera en Estepona. Cuando accedió a que EL CORREO compartiese con él los instantes previos a la corrida del pasado domingo -donde cortó dos orejas a dos toros de La Quinta-, él y su cuadrilla acababan de cruzar toda la Península en furgoneta y llegado al Hotel Ercilla a las 11 de la mañana. Demoledor.
Comió «un 'sangüi' y dos piezas de fruta», concedió una entrevista y recogió el premio que la peña Enrique Ponce le entregó por ser el torero más elegante de las Corridas Generales de Abono de la pasada temporada. Apenas una siesta para recuperar fuerzas y de nuevo a la plaza. «Y no te lo pierdas. Mañana -por el lunes- toreo en Málaga». Lo dice divertido, gustándose, mientras uno se pregunta cómo se hace para cortar una oreja con 1.100 kilómetros a la espalda y otros tantos al cabo de un par de horas.
«Como condecoraciones»
Una hora antes de que empiece la corrida, Pedro, el mozo de espadas, entra en la suite de la décima planta que ocupa el torero y se lo encuentra ya despierto. Sobre una mesa de cristal ha dispuesto con mimo su pequeño altar de madera, repleto de estampas, medallas, rosarios y escapularios. «Soy muy devoto de San Martín de Porres, también de la Virgen del Rocío y del Jesús de las Penas. Aunque, cuando llega la hora de saltar al ruedo, de quien de verdad te acuerdas es de Dios».
El tiempo apremia y hay que vestirse. Su cuerpo es un puro costurón, un atlas de cogidas que él señala con orgullo. «Son como condecoraciones», dice. Y entonces las repasa todas: «San Sebastián, la clavícula y el cuello; Pamplona, el cuello otra vez, volví al ruedo al cabo de veinte días; Huesca, el vientre abierto en canal». La lista parece no tener fin. «Quito, Sevilla, Zaragoza, Melilla...» Todas han abierto un surco en su cuerpo. «Esta de aquí es de Dax -explica, señalando un bulto pavoroso en el muslo izquierdo-: sufrí una cornada y seguí toreando, la hernia se contrajo y se me fue para arriba».
Mejor cambiamos de tercio. Su mozo de espadas sale del baño con los leotardos y la camisa -«una talla menos», lamenta- y empieza a vestirlo. Solícito, pero sin perder un segundo. El tiempo corre y Vista Alegre no espera. «Torear en Bilbao es siempre una responsabilidad muy grande. Sales a jugarte la vida, a darlo todo. El triunfo a cambio de la entrega», explica Padilla, mientras Pedro le remata las medias con ligas. Puede que el 'Ciclón de Jerez' no sea torero exquisito, ni tenga ese corte clásico que define a El Juli o a Ponce. Pero cualquier aficionado dirá que es un hombre de brega, con raza, con genio, y una vena jerezana casi macarra. Quizá no sea tan artista, pero es un legionario de las plazas, valiente y honesto.
El matador lleva consigo un rosario que no le abandona nunca y que ahora toca cubrir con la camiseta. «Me lo regaló mi hermana, a mí y a mis otros dos hermanos -enrolados uno en la cuadrilla del Fandi, otro con Finito de Córdoba-. Así que mis padres están en vilo siempre, porque si ya es duro tener un hijo metido a torero...¿Imagínate tres!». Tampoco su mujer vive tranquila. «Cuando toreo, ella y los niños -tiene dos, Martín y Paloma- no salen de casa, siempre acompañados por mis amigos allá en Sanlúcar. Tengo muchos y muy buenos, que les acompañan en su soledad».
Es el momento de la taleguilla, con un descargue en la pierna derecha, dos centímetros más estrecha que la izquierda, que es donde se alojan los testículos. Pedro le sujeta por detrás y le levanta en vilo para calzarle el pantalón que debe entrar como un guante. «Esta vez estaremos fuera quince días, así que llevo conmigo seis o siete trajes, tres especiales para las plazas de primera como ésta». Pedro se dispone entonces a abotonarle los machos de la taleguilla, para lo que se ayuda de un gancho. «Me acaban de dar un premio en Bilbao por ser el mejor vestido el año pasado. Aquí siempre traigo los mejores trajes. Esta ciudad se distingue por el caché, la categoría y la elegancia».
Una obra de arte
Con la camisa sin abotonar, Juan José se dirige hasta el pequeño altar donde aguardan, pacientes, todos los santos del cielo. Allí, de cara a la pared, Pedro le arregla la coleta. «En la vida hay muchas etapas. Cuando tomas la alternativa -se sincera el torero-, buscas reconocimiento, que te respeten. Luego, por qué no decirlo, el dinero, para lograr estabilidad. Es al final cuando asumes que en el ruedo, lo único que importa es la perfección. Y nunca, nunca defraudar». Los dos vuelven entonces al centro de la habitación, dispuestos a poner el broche a un ritual que dura unos cuarenta minutos.
Allí esperan, por riguroso orden, la corbata, la faja, el chaleco y la chaquetilla, esta última hueca sobre el galán, aderezada con hilos de oro, bordado de canutillo y alamares dorados. Una obra de arte, cuya confección exige tres semanas y que ronda los 2.500 euros si lleva una guarnición especial. De ahí para arriba. Por supuesto, ese precio no incluye el capote de paseo. Esa factura va aparte y se puede poner en 3.600 euros si la prenda va rematada, por ejemplo, con alguna Virgen señera. «No soy supersticioso -dice Juan José, mientras se pone la chaquetilla-, ni tan delicado como otros compañeros que no quieren ni oír hablar de que les toquen sus cosas. Tampoco soy maniático con la montera. Procuro hacer una vida lo más normal dentro y fuera del ruedo».
Entra en la suite Miguelete, uno de sus subalternos, nervioso porque la hora se echa encima. Quedan 20 minutos para saltar al ruedo. Padilla se repasa el peinado mientras sus compañeros esperan a la puerta para salir todos de estampida. Entran al ascensor en medio de un silencio sepulcral y la tensión crece conforme avanza la cuenta atrás de los pisos. 3, 2, 1... La puerta se abre y un alud de aficionados esperan al diestro en el vestíbulo del hotel. Una foto, un autógrafo,... «¿Guapo!» Un beso. No hay tiempo para más. Por las escaleras, de dos en dos. En la calle, la lluvia ha escampado, aunque por la mañana ha caído con avaricia y el piso está mojado.
La cuadrilla busca acomodo en la furgoneta: Padilla y Miguelete, al fondo; los demás como quieran. «En el mundo del toro existe la competencia, pero hay más compañerismo que hace años. No es como antes, que había un punto de soberbia agresiva. Ahora hay mucha comunión. Pasamos el día en la carretera y tratamos de coincidir para comer juntos en algún sitio. Y fuera de temporada, buscas tres días para quedar con las familias». Mejor así; cuando se juntan caracteres tan fuertes y tanto miedo, los roces están al cabo de la calle. «Lo importante -explica Padilla, mientras hace estiramientos- es que el enfado no dure más de diez minutos».
A la carrera
La furgoneta se lanza por Autonomía como una exhalación y cuando entra en la calle Machín, otra multitud cierra el paso al torero. Más fotos, más autógrafos, más besos.... «Por favor, que no llegamos». Juan Manuel Delgado, miembro de la Junta Administrativa de la plaza de toros, espera a la puerta. Padilla y los suyos entran a la carrera, directos a la capilla. La aguja del minutero mira ya de frente al 11. «Siempre que salgo a torear rezo lo mismo: un Padre Nuestro, el Ave María y un Gloria. ¿Ah, y una oración a San Martín de Porres! Sólo eso, pero no paro de repetirlo hasta que salgo a la arena». Pero Padilla no reza sólo por él. También por los compañeros de terna, «para que salgan por su propio pie y nadie sufra un percance grave. Lo mismo por mis hermanos, para que los proteja Dios. Y, ya puestos a pedir, por que la gente se divierta».
Ya en el callejón, el matador recupera la sonrisa, franca, de oreja a oreja. El cónclave le vitorea, le aclama; es como si el público le llevara en volandas hasta el borde mismo del albero. La plaza ruge. Los alguaciles se abren paso e irrumpen en el coso. Se arranca la banda. Los toreros salen entonces, seguidos de sus cuadrillas. Juan José Padilla se coloca a la izquierda, como corresponde al más veterano del cartel.
El cielo, encapotado, avisa de que va a hacer de las suyas. Padilla dirige entonces la vista a la puerta de chiqueros. 'Coletero' sale como un tráiler. Casi 600 kilos de toro de La Quinta, puro delicatessen del encaste de Santa Coloma. Las astas son agujas asesinas, un balcón soberbio desde el que brindar a la muerte. «Esos no son de leche», grita alguien del público. Pero Padilla ya no escucha. La suerte está echada.








