Su vida discurre en una rutina en línea recta. Vecino de la periferia barcelonesa, Abel reparte su tiempo entre su pequeño negocio, la casa de su madre, la cama de su novia, el quiosco de la esquina y los bares del barrio. Entre medias, en dos ocasiones, Abel mata a dos desconocidos que se cruzan en su camino. Su aspecto afable oculta una ira incontenible, de trágicos efectos.
Rosales no juzga sus actos, ni opina sobre su pasado, ni expone los pensamientos que cruzan su mente. Abel simplemente asesina, y la cámara es un fiel e imparcial notario de sus aberrantes actos. El resultado es el retrato de un 'serial killer' sin nada que ver con 'Henry, retrato de un asesino'. El espectador se coloca frente al desconcierto que genera un acto de inexplicable violencia. Porque 'Las horas del día' no ofrece explicaciones reconfortantes ni consideraciones morales. Somos incómodos 'voyeurs' sin asideros psicológicos ni sociológicos.








