
Los habitantes de la cercana calle Torre Urkiaga, afectados también por la onda expansiva de la bomba, intentaban regresar mientras tanto a la normalidad. El miedo y la tensión de las primeras horas se había transformado en calma. Una tensa tranquilidad forzada casi por la llegada del fin de semana. «Hasta el lunes ya no habrá avances. Sólo nos queda esperar», se resignaba Francisco Flores, obligado a vivir a oscuras por no poder levantar las persianas debido a la deflagración.
Hasta el mediodía de ayer, más de un centenar de vecinos habían acudido ya a la sede de la Ertzaintza en Durango para interponer denuncias por los daños materiales sufridos. El goteo de damnificados fue incesante durante toda la jornada, debido a que muchos renunciaron a presentar su demanda el viernes ante las intensas colas registradas. «Más de tres horas estuve esperando», indicó contrariado uno de los residentes al pie del portal. La comisaría local permanecerá abierta hoy al público para atender a los ciudadanos.
Una pareja de ertzainas inició ayer mismo la revisión de los hogares afectados para comprobar las deficiencias. Los agentes accedieron al interior de las casas, una por una, y fotografiaron con detalle las secuelas de la explosión, que afectó fundamentalmente a cristales, persianas y marcos de las ventanas, así como a los vehículos que permanecían aparcados en la calle en el momento del estallido. La onda expansiva afectó incluso a algunos pisos del barrio de San Fausto, ubicado a unos 200 metros de la casa cuartel.
Sin vacaciones
La mayoría de las víctimas se mantiene a la espera del perito que tasará los desperfectos. Pero el alcalde de Durango, Juan José Ziarrusta, anunció que el análisis sobre las consecuencias de la bomba culminará a «mediados o finales» de la próxima semana y muchos de los vecinos optaron por no esperar. Algunos dieron parte a sus seguros y otros, como Nerea Alberdi, decidieron corregir «por cuenta propia» los daños.
Los escasos comerciantes de la zona también se vieron obligados a actuar con urgencia para poder reabrir al público. Yolanda Arrieta, por ejemplo, tuvo que interrumpir sus vacaciones en Benidorm tras conocer la noticia para reparar el escaparate de la única panadería del barrio. «¿Para una vez que tenía todo el mes de agosto libre...!», lamentó. Algo mejor les fue a los hosteleros. Sólo sufrieron secuelas del atentado dos degustaciones cerradas. Los otros dos bares funcionaban ayer con normalidad. «Incluso ha subido algo la clientela gracias a los curiosos que se han acercado», indicó Patricia, la propietaria de uno de ellos.
Las reformas, en cambio, aún no habían comenzado en el interior de la casa cuartel, donde los expertos seguían examinando las consecuencias del atentado. Los agentes de las viviendas más afectadas permanecerán realojados en las casas de otros compañeros del cuerpo hasta que los trabajos de rehabilitación borren las huellas del atentado, probablemente a partir del lunes.






