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Economía

ECONOMÍA
En las garras del euríbor
El encarecimiento de las hipotecas, agudizado por la crisis de EE UU, ha puesto contra las cuerdas a miles de familias. Cuatro inmigrantes en Euskadi relatan su experiencia
26.08.07 -
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En las garras del euríbor
ARRIESGADA. Paula Cañas posa con su hijo en el bar que regenta en Barakaldo. / PEDRO URRESTI
Llegaron huyendo de la pobreza a labrarse un futuro que en su país no veían. A empezar una vida desde cero a miles de kilómetros de distancia de su tierra y de sus seres queridos. A trabajar un sinfín de horas en los oficios que no desean los autóctonos por unos salarios muy por debajo de la media, aunque muy superiores a los de su lugar de origen. Y bien por una confianza ciega en el porvenir, bien por ahorrar gastos, dieron un paso que ahora les ha colocado contra las cuerdas: comprar un piso. Los inmigrantes realizan el 36% de las adquisiciones de vivienda -en su inmensa mayoría, de segunda mano- que se realizan en España, según un estudio de Tecnocasa. La escalada del euríbor en los últimos meses, que se ha disparado con la crisis de las 'hipotecas basura' de Estados Unidos, ha encarecido notablemente las cuotas que pagan por su crédito y les obliga a realizar todo tipos de malabarismos para llegar a final de mes. Cuatro extranjeros afincados en Euskadi relatan su experiencia.

PACIENCIA HANSUE

Guinea Ecuatorial

«Compro la comida más barata y ropa de los mercadillos»

Paciencia Hansue llegó hace siete años a Bilbao, procedente de Guinea Ecuatorial, convencida de que no tendría dificultades para adaptarse porque sus antepasados eran españoles. Su experiencia ha sido mucho más dura de lo que esperaba. Sobre todo, por razones económicas. Madre de tres hijas -de 16, 14 y 12 años-, gana 1.000 euros al mes en una fábrica. En un principio, vivió de alquiler, una experiencia que ahora recuerda con nostalgia. «Entonces estábamos relajadas, podíamos salir de paseo y hasta tomar un café». Todo cambió cuando optó por comprar un piso, harta de pagar rentas y más rentas por una casa que nunca sería suya. Por el mismo dinero, o un poco más, podría tener una en propiedad, pensó. Ahí empezaron sus problemas.

Se hizo con una vivienda de segunda mano en Bilbao, en el barrio de Uribarri, con una hipoteca de 222.874 euros -37 millones de pesetas- a treinta años. Las primeras facturas fueron asumibles. Ya, no. Abona por ella 850 euros mensuales tras los últimos arreones del euríbor. «Por eso tengo que trabajar como una burra», explica enfadada. Se ha visto obligada a estirar su jornada laboral - ahora la finaliza a las cuatro de la madrugada- en un desesperado intento por obtener unos ingresos extras y alcanzar casi un imposible: llegar a final de mes. Un objetivo que, en medio de estrecheces, sólo consigue a duras penas y con un sinfín de equilibrios gracias a que su hija mayor, de 16 años, trabaja en un locutorio por las tardes, cuando sale de clase. Sus modestos ingresos le ayudan a pagar otro crédito -200 euros más cada recibo- que pidió para algunas mejoras en el piso. La luz, el agua y «un poco de comida» arrasan con lo que queda de ambos sueldos.

Desde que hace dos años adquirió un modesto piso, su vida es un compendio de economía de guerra y privaciones, de estirar milagrosamente el céntimo para apurar el puñado de euros que le dejan las cuotas del banco. «Comparo precios en diferentes supermercados para comprar lo más barato», confiesa. «Antes, cuando estaba de alquiler, me podía permitir alimentos de más calidad. Ahora, sólo los que valen menos». Viste ropa «de los mercadillos» y ve como un lujo inalcanzable ir al cine o tomar un refresco en una cafetería. Además, ha tenido que olvidarse de visitar a los familiares y amigos que dejó en su país. «Desde que compré la casa no he regresado a Guinea Ecuatorial. Sin dinero no se puede ir a ninguna parte», sentencia.

NARCISA TIRIRA

Ecuador

«Compartimos el piso con una pareja para poder pagar la hipoteca»

Narcisa, profesora de instituto en Ecuador, aterrizó a Bilbao hace seis años en busca de un alivio a sus agobios económicos. Su sueldo y el de su marido -de profesión, militar- se habían quedado pequeños, muy pequeños, para pagar la hipoteca de la vivienda en la que habitaban con su hija -entonces tenía 2 años- y atender el día a día. Cambió las aulas por el trapo y la fregona de las casas en las que empezó a trabajar por horas. Con su escaso salario tenía que atender sus gastos en la capital vizcaína -el alquiler de un pequeño piso, la comida, la luz, el agua...- y enviar una ayuda a su familia. «Hasta que llegó un momento en el que ya no podía, en el que el dinero no me daba para tanto», explica. «La mejor solución era que vinieran para estar todos juntos. Se extraña mucho a la familia; sobre todo, si tienes hijos». Además, así ahorrarían gastos. Su esposo y la niña llegaron seis meses después.

Hasta la primavera del pasado ejercicio, vivían de alquiler en el Casco Viejo por 800 euros al mes. «Por un poquito más, decidimos comprar un piso propio». Una inversión de futuro en 65 metros cuadrados en un barrio de Bilbao: un quinto sin ascensor ni calefacción. En un principio pagaban 825 euros mensuales por el préstamo. La subida del euríbor ha ido elevando la factura. El pasado mayo llegó a los 1.250 euros y les colocó con el agua al cuello. Además, la familia ha crecido: tienen otra niña que ya ha cumplido los 4 años. Más gastos por todas partes que apenas pueden cubrir los ingresos de Narcisa -alrededor de 800 euros como empleada de hogar por horas- y de su esposo, que trabaja en la construcción y tiene un sueldo superior a los 1.000 euros. Así que optaron por una salida drástica. «La solución fue compartir la casa con un matrimonio para poder llegar a fin de mes».

Ahora ya pueden respirar. Aunque sin permitirse excesivas alegrías, «no tenemos que limitar tanto a nuestras hijas sin ir al cine, sin juguetes ni ropa nueva, o sin poder comprarles una golosina si les apetece, como tuvimos que hacer antes de compartir piso». Lo único que temen es que cuando llegue mayo y les toque renovar las condiciones de la hipoteca, el alza del euríbor volverá a abrir un agujero en sus bolsillos.

PAULA ANDREA CAÑAS

Colombia

«Mi hijo es el motor para hacer frente al crédito»

La inseguridad que azota Colombia y el riesgo que corría la vida de Jorge Mario Giraldo como militar le obligó junto a su esposa, Paula Andrea Cañas, a dejar el hogar y la estabilidad económica que tenían en su país, y empezar de cero en España. Llegaron hace siete años a Vizcaya «a poner el nido». «Vivir como una nómada no me apetece», explica ella. «Aquí la gente es muy maja, te da muchas oportunidades... Por lo menos a nosotros, los de habla hispana, nos tratan muy bien», subraya agradecida.

Su primer domicilio fue un piso alquiler en el barrio bilbaíno de Deusto; una experiencia que califica como la peor desde que aterrizó en Euskadi. «Las pasé canutas. Vivíamos 19 personas en cuatro habitaciones». Hacinamiento, agobio, falta de intimidad... «Cuando nació el niño decidimos alquilar una casa para nosotros. No era normal que creciera rodeado de desconocidos y sin espacio para jugar», añade.

«Nos costó muchísimo dinero». Pero dieron el paso. Hasta que se cansaron de pagar una renta -les parecía una pérdida de dinero-, «de las humedades y otros rollos», y se animaron a comprar un piso de 90 metros cuadrados en Lutxana (Barakaldo). «Fue una ganga viendo los precios de ahora»: 150.253 euros; es decir, 25 millones de pesetas. «Era viejo, tuvimos que tirarlo por dentro por completo cuando ya habíamos empezado a vivir en él. Estuvimos cinco meses viviendo entre obras, hasta que lo arreglamos».

Ella ganaba unos 800 euros en la hostelería. Su marido, algo más como almacenista. Ambos salarios les permitían pagar los 600 euros mensuales de la hipoteca y vivir sin grandes agobios, aunque también sin demasiadas alegrías. Pero el ascenso del euríbor disparó esa cifra, poco a poco, hasta 900 euros. «El dinero volvió a faltarnos. Ya no podíamos darnos tantos caprichitos como antes, ni salir a tomar algo, ni comprar ropa nueva...» De nuevo con el agua al cuello, Paula dio hace tres meses un paso al frente: alquilar un bar, trabajar por su cuenta. Eso sí: horas y más horas para sacar el negocio a flote, hacer frente al nuevo alquiler y compensar el sueldo que antes percibía. «Hay que arriesgar si se quiere conseguir algo; sobre todo, los extranjeros que llegamos aquí sin nada», comenta con entusiasmo.

La alta factura de la hipoteca y la renta del local no permiten excesivos desahogos a este matrimonio. Ni comprar todos los muebles y adornos que quisieran para completar la decoración de su nuevo hogar. Pero van saliendo adelante poco a poco. «Mi hijo es el motor para pagar el crédito», enfatiza Paula. «Si no lo tuviera, igual habría tirado ya la toalla. Pero por él hago lo que sea. Cualquier sacrificio vale la pena».

AHMED AFZAAL

Pakistán

«Los 930 euros que nos cobraba el banco ya son 1.150»

A Ahmed Afzaal le fascina Europa. Llegó a Barcelona en 2004 desde su Pakistán natal y comenzó a trabajar en la construcción. Dio el salto con dos amigos, con los que compró un piso de forma conjunta, una práctica habitual entre los inmigrantes. Comparte con ellos una hipoteca a 40 años por 216.364 euros, 36 millones de pesetas. Cuando formalizó el crédito pagaban 930 euros al mes. La escalada del euríbor ha elevado la cifra hasta los 1.150, lo que se ha dejado notar en su bolsillo.

Su vida dio un vuelco hace ocho meses, cuando la empresa que le tiene contratado le trasladó a Bilbao. Entonces alquiló la habitación que ocupaba en la vivienda de la Ciudad Condal -no podía vender la casa porque sus amigos siguen en ella y carecen de recursos para comprarle su parte-, lo que le ayuda a sufragar sus gastos fijos: los más de 380 euros mensuales que le corresponden del préstamo y los 250 de renta que abona por el cuarto en el que duerme en un piso de Barakaldo.

Los 1.500 euros que gana al mes, unidos al 'extra' que obtiene por su antigua habitación, le dan una cierta holgura económica a pesar de que «la hipoteca ha subido mucho» y amenaza con hacerlo más. «Como soy joven y no tengo esposa ni hijos, vivo con cierta comodidad y hasta puedo ahorrar algo», asegura. Eso sí, sin grandes dispendios. Ahmed sólo se arrepiente de haber comprado el piso de Barcelona: para vivir y formar una familia, prefiere el País Vasco.
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