
Jugadores y seguidores esperaban un revulsivo que pusiera fin a ese peligroso estado de letargo en el que se había instalado el Athletic. La hibernación comenzó en la temporada 2005-2006 y alcanzó su aturdimiento máximo un año después, cuando el club se sumió en la peor crisis deportiva de su historia con destituciones y dimisiones de por medio. La reacción de última hora permitió salvar los muebles en el dramático encuentro de Liga ante el Levante, en el que los aficionados mostraron su fidelidad infinita hacia la institución y castigaron con sus pitidos a los futbolistas. Tres semanas después de aquella angustiosa cita, los socios volvieron a dar otra lección a los dirigentes de Ibaigane con la elevada participación en las elecciones, de las que salió elegido como presidente el abogado bilbaíno Fernando García Macua.
Pero hoy el contexto es muy distinto. El fútbol también ofrece segundas -y terceras- oportunidades y, esta vez, los rojiblancos no pueden fallar. Las 15.000 personas que se dieron cita en San Mamés en pleno verano en la presentación del equipo es el mejor botón de muestra de lo que representa el Athletic. Caparrós se dio cuenta desde el principio y nada de lo que ha hecho desde su llegada ha sido producto de la improvisación -su enemiga declarada-. Trabajo a destajo, oportunidades para todos -lo de no mirar la edad del DNI se ha cumplido a rajatabla-, conocimiento exhaustivo de la plantilla y de los refuerzos -Iraizoz, Ocio, David López, Muñoz y Cuéllar-, miradas a Lezama - 'descubrimiento' de Koikili-, llamamientos permanentes a la comunión entre jugadores y aficionados... Nada de esto es fruto de la casualidad.
Una nueva brújula
Con el transcurrir de las semanas, el escepticismo que pudo generar su llegada dio paso a la confianza. Las victorias en los 'bolos' de Holanda y, sobre todo, ante Numancia, Nástic y Fiorentina han favorecido ese cambio de opinión. Pero lo que ha consolidado el 'efecto Caparrós' son las sensaciones que ha transmitido el equipo. El Athletic ha recuperado la brújula. Sabe lo que hace y, lo que es más importante, lo que no tiene que hacer. Presión, fortaleza defensiva y juego por las bandas, sí. Separación entre líneas, agujeros permanentes atrás y pelotazos, no. Son nociones básicas del fútbol, pero las dos últimas campañas no han aparecido. Alguna clave distinta manejan Caparrós y sus técnicos cuando han conseguido que sus futbolistas hayan asumido estas normas como propias y, en palabras del andaluz, «como innegociables».
San Mamés necesita ver hoy esta metamorfosis para volver a creer. Por eso estará lleno y se convertirá otra vez en una olla a presión... Es una cuestión de fe, de recuperación de una autoestima que, hace sólo dos meses, estaba por los suelos. Los aficionados desean ser también partícipes del 'efecto Caparrós' que ya siente la plantilla. No obstante, hay que valorar lo que ocurra hoy con perspectiva. Un mal resultado ante Osasuna no debería destapar de repente la caja de los truenos si, al final de los 90 minutos, la percepción del juego dejara evidencias que inviten al optimismo. Pero también sería un error echar las campanas al vuelo y pensar en objetivos muy ambiciosos si se produce una victoria convincente.
El partido tiene un doble aliciente, deportivo y anímico. Así lo han interiorizado la nueva junta directiva, el entrenador, los futbolistas -David López e Iraizoz disputan su primer encuentro oficial como locales- y los seguidores. La comunión de estas cuatro 'patas' resultará fundamental para que 'La Catedral', un campo de pesadillas en fechas no muy lejanas, vuelva a ser un campo de sueños.








