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«Nací en la feria, pero no estoy dispuesto a morir aquí»
«La rentabilidad depende de la ruta, pero hay aspectos como el tiempo que escapan a tu control», dice Leopoldo
25.08.07 -
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«Nací en la feria, pero no estoy dispuesto a morir aquí»
NEGOCIO FAMILIAR. Leopoldo Martínez Calvo, en los autos de choque con su mujer e hijos. / MITXEL ATRIO
Leopoldo Martínez Calvo nació hace 39 años en el remolque que trasladaba a sus padres feriantes de fiesta en fiesta. Su vida nómada le mostró que escogió una profesión «muy sacrificada», por eso se ha propuesto que sus hijos no continúen con la tradición familiar. «No quiero que mis hijos sean feriantes», dice. «Mis chicos ahora tienen 13 y 10 años, y cuando salgo a hacer la ruta con mi mujer se quedan al cuidado de sus abuelos, para que no descuiden sus estudios», asegura.

«Mis padres eran feriantes, tenían los autos de choque. Yo quería quedarme en la feria y por eso, cuando ellos se retiraron, se los compré. Mis hermanos también continuaron con las barracas. Antes tenían otras atracciones, pero el caso es que también las han vendido». Su hoja de compromisos se circunscribe a Vizcaya. «Mungia, Basauri, Santurtzi, Barakaldo y Bilbao, no hago más». Jura y perjura que en todos estos años no ha calculado cuánto ingresa y cuánto gasta. «Uno puede vivir de esto. La rentabilidad de mi atracción depende de mi ruta. El dinero que gano en la feria es como el agua en mis manos. Yo gano dinero, pero lo que no tengo es calidad de vida», comenta.

«Tengo un seguro de responsabilidad civil de 100 millones de pesetas (600.000 euros) y el recibo de la luz, que contrato por semanas, se puede llevar 1.200 euros. Y eso sin contar la gasolina, donde me dejo una pasta», enumera. La vida de Martínez es una «vida de preocupaciones», porque la suerte del feriante guarda relación con factores como el tiempo, sobre los que no tiene ningún control. «Siempre pendientes de la luz, de los técnicos, de la lluvia, del terreno y de que todo esté bien instalado. Un solo fallo y... ¿adiós barraca!».

«Yo nací en la feria, pero espero no morir aquí», dice convencido. «Con 13 años dejé de estudiar. Ahora me duelen las lumbares, porque antes cargábamos chapas de 120 kilos. Estos brazos no son sólo de comer», ríe. «Esta es una profesiónÓ muy dura. Un día, cuando mis hijos eran más pequeños, los senté y les dije: Hay dos tipos de personas en este mundo los listos y los tontos. Hay que ser de los listos». Martínez dice que en la feria no tiene muchos amigos, «pero soy más conocido que Ibarretxe». «Aquí nos conocemos todos y la relación no es mala, porque cada uno tiene lo suyo», afirma. Atrás quedaron los años en que disfrutaba con el ritmo de la feria. «Pero con la edad, todo cansa. Hace tiempo, cuando conocí a mi mujer, logré que viniera conmigo. Ahora es ella la que me ha convencido de que deje todo esto», dice Martínez.
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