Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Política

POLÍTICA
«Ha sido un terremoto, nos han roto el sueño y algo más»
Los más de 300 vecinos afectados trataron de rehacerse del «tremendo susto» y de la «histeria» provocada por un atentado que destrozó coches particulares, además de ventanas y balcones de sus viviendas
25.08.07 -
Vota
0 votos

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
«Ha sido un terremoto, nos han roto el sueño y algo más»
VENTANAS ROTAS. Un vecino observa los daños en su casa. / FOTOS: LUIS ÁNGEL GÓMEZ E IGNACIO PÉREZ
«No me puede entrar en la cabeza cómo aún puede ocurrir algo así. Han reventado puertas, ventanas, cerraduras... Y lo mejor es que no le ha pasado nada a nadie». Alfredo Atutxa se afanaba por barrer los minúsculos restos de cristal agarrados a la moqueta del piso de su cuñada Asunción Ortuoste. Había limpiado ya dos habitaciones, pero aún le quedaba por acabar con la sala y el balcón anexo. Ella, de 76 años, le observaba en camisón y bata, el mismo atuendo que había mantenido desde que un «golpe seco» le ha sacado de la cama «con el corazón en un puño» a las tres y media de la madrugada. «Estoy muy enferma y casi no tengo fuerzas», se justificaba sin necesidad esta viuda afincada en uno de los edificios de la calle Urkiaga Torre, la zona que mayores daños registró tras el atentado de ayer.

La hilera de edificios, construida por 1950, da cobijo a más de 200 personas y está rodeada de pabellones industriales, talleres y un solar desde donde se acometen las obras de soterramiento de la línea férrea de Euskotren. Un poco más arriba, en uno de los costados y con una calle que cruza por el medio, queda el cuartel de la Guardia Civil, visible desde las ventanas de buena parte de la manzana. Al fondo, en dirección hacia Elorrio, se atisba el cementerio municipal, en un entorno boscoso. «Hemos pasado mucho miedo. El susto ha sido tremendo», acertaba a decir Ortuoste, residente en el bloque casi desde su misma construcción.

«¿Cómo estás Asun? ¿Todo bien?». Una mujer irrumpe en la sala de estar, preocupada. No ha necesitado llamar. La cerradura está reventada y la puerta ha quedado abierta. Ella, más joven, ya no vive en el bloque, pero quería rendir visita a una antigua vecina a la que conoce «de toda la vida» después de haber pasado a ver a sus sobrinos, un par de plantas por encima. «Mi hermano está fuera, de vacaciones, y los chicos me han llamado asustados. Tienen una oficina en los bajos del edificio y está toda destrozada», explicaba.

Juntas repasarán la situación de algunas de las personas que ambas conocen, ajenas a la entrada y salida de fotógrafos y cámaras de televisión que buscaban en la vivienda un punto de vista elevado de toda la zona. Las dos mujeres hablaban de «tabiques casi caídos», «ventanas desvencijadas», «coches destrozados» y conocidos que han tenido que trasladarse «donde sus suegros» porque en sus pisos «no se puede ni entrar». «Algunos -explicaba la segunda mujer a Asunción- nos decían que qué miedo vivir junto al cuartel. ¿Y fíjate! Al final los que más problemas nos dan no son los de verde, sino los otros».

La barriada, a las afueras de Durango y junto al límite con Abadiño, funcionaba a mediodía como una gran familia. «Hay que ayudarse», resumía Ignacio Torregrosa, que reconocía tener aún muy presentes los momentos de «histeria» vividos de madrugada y cómo habían sufrido «los vecinos de mayor edad», algunos de ellos con problemas para salir de sus casas y bajar a la calle por las estrechas escaleras de estos bloques antiguos, sin ascensor.

Torregrosa tampoco puede quitarse de la memoria la imagen del conductor de un camión de la basura que se topó de frente con la bomba cuando circulaba por la carretera que da acceso al cuartel. «La explosión le ha pillado a veinte o cincuenta metros de distancia. Lo ha visto todo de frente y lo ha pasado muy mal. Si llega a pasar unos segundos antes por ahí...».

«¿Te han hecho mucho?»

A pesar de mantener un «nudo en el estómago», unos y otros trataban de recuperar una normalidad que quedó rota aún de noche, cuando la «tremenda» explosión de la furgoneta-bomba les cortó el sueño. Todos se preocupaban por ver cómo les iba al resto. Las conversaciones giraban sobre un mismo tema. «¿A tí te ha hecho mucho?», «¿Has reclamado ya al seguro?», «Tienes que dar parte a la Ertzaintza para que lo que no te cubra el seguro, te lo den de un fondo de compensación».

Rosi Estandia llevaba horas limpiando entre coches golpeados por la onda expansiva y con plásticos para cubrir ventanillas rotas. Con una escoba recogía algunos de los cristales y restos metálicos que aún quedaban frente a su portal. «Es que si no lo quitamos de continuo, la suciedad vuelve a entrar a las casas en los zapatos», explicaba. Apenas había descansado, aunque con las horas su rostro perdió parte del sufrimiento vivido. «El susto no te lo quita nadie», señalaba, antes de recordar cómo, tras la explosión, su primer pensamiento había sido para dos de sus hijas. «Una estaba en fiestas de Bilbao y la otra tenía que venir de trabajar en Elorrio. Piensas en si les habrá pasado algo y al final he salido lanzada a la calle. Al saber que no había ocurrido nada grave, que los dos heridos estaban bien, te empiezas a relajar algo».

Esta cántabra, que lleva un cuarto de siglo en la misma urbanización de Durango, ya sabe lo que es vivir un atentado de cerca. Ha visto dos de las seis acciones de ETA cometidas desde 1978 contra el cuartel de la Guardia Civil. «Sabes dónde vives y qué puede pasar, pero nunca te imaginas esto. Ha sido terrible, de una fuerza horrible», aseguraba. La mujer trataba de no perder el ánimo, mientras su marido, Salva Urizar, caminaba de un lado a otro sin parar de hacer recados y gestiones. «Quiero ser optimista. Desde la ruptura de la tregua, lo que ha ocurrido aquí estaba en la mente de todos. Pero confío en que algún día todo esto pare de una vez. Es lo que queremos todos», subrayaba.

Metralla en el balcón

Algo similar repetía en la cuarta planta del bloque número uno Ainhoa -«déjalo sin apellido»-. Era cerca de la una de la tarde y acababa de desayunar, aunque el estómago no le dejaba hueco «para gran cosa». En su balcón, entre varios geranios en flor, aún quedaban restos de la onda expansiva. Una pequeña marca policial señalaba los restos de un coche afectado. La pieza metálica había acabado sobre el terrazo tras golpear en las contraventanas de madera, que habían quedado destrozadas.

«Al principio creía que había sido un rayo porque en la fábrica de aquí al lado hay un pararrayos y suele pasar. Pero cuando he saltado de la cama he visto que se habían abierto las puertas del frigorífico y de varios armarios de la cocina. Luego, la enorme columna de humo blanco me ha descubierto lo que había ocurrido en realidad. Mi pesadilla ha durado hasta que he visto que no había fuego en nuestro edificio», confesaba con el gesto aún serio.

El atentado le dejó sin poder disfrutar del Día Grande de las fiestas de Bilbao. Trabaja en la capital vizcaína y ayer tenía una jornada libre, de descanso. «Menuda fiesta me han dado estos locos. Este sí que ha sido un 'día grande' para mí», comentaba mientras miraba los destrozos en el edificio policial, justo en frente de su balcón. Además de sopreponerse al impacto del atentado, tuvo que hacer esfuerzos para calmar a sus padres, que no estaban en el domicilio, de vacaciones en La Rioja. «Querían venirse, pero es mejor que estén allí, lejos de esto», aseguraba. Los teléfonos no dejaban de sonar en muchas de las casas vacías. Tampoco el móvil de Jon, que vive justo debajo de Ainhoa. «No he parado de atender llamadas toda la mañana», reconocía con expresión cansada después de «sobrevivir» a base de los «diez o doce cigarrillos» que llevaba fumados. Tenía que ir a trabajar pero le estaba siendo imposible.

Las escenas se repetían no sólo en esta calle, sino también en el cercano barrio de San Fausto, a varios cientos de metros.Comerciantes tapaban con madera las cristaleras desaparecidas, mientras muchos durangueses se acercaban para ver el sinfín de persianas desvencijadas y cornisas resquebrajadas. Todas las conversaciones giraban sobre el mismo tema. «Esto ha sido como un terremoto», comentaban dos parejas con la mirada puesta en el cuartel. «Nos han roto el sueño y algo más», confesaban.
Vocento
SarenetRSS