
SUS FRASES
El defensa salió hace tres años de la universidad y, con una licenciatura bajo el brazo, se lanzó al mundo profesional. Pronto observó las posibilidades de negocio que podría tener montar una consultoría de recursos humanos en la capital alavesa. «No tenía mucho que ver con lo que había estudiado, pero me lancé a la aventura: hice una aportación y soy socio de ella. Los dos primeros años, como le pasa a todas las empresas, fueron duros. El último, nos ha ido mejor».
Cuando habla del trabajo, le cambia la cara. Rebaja el ritmo de su relato, presta más atención que cuando se le pregunta por su nueva aventura en el Athletic, le da más vueltas a sus respuestas e, incluso, pide «por favor» que se apunte bien el nombre de su negocio: Gestión del Conocimiento Itzarri. «Con 'z', con 'z'», repite mientras supervisa cómo queda escrito en la libreta. Como buen empresario, dedica un rato a 'vender' su negocio.
-¿Qué ofrece su empresa?
-Implantamos planes de participación -zanja Koikili, acostumbrado a la jerga del negocio y seguro de que basta con esa respuesta para entender a qué se dedica.
-¿Y qué significa eso?
El zurdo explica entonces que su consultoría estudia a otras empresas. Sobre todo, a sus empleados. Intenta descubrir cómo se sienten los trabajadores, qué relación tienen con sus superiores, qué esfuerzos dedican los jefes para que sus sobordinados estén contentos... Con toda esa investigación, la consultoría del futbolista remite un informe en el que identifica qué va mal. «Nos pagan por hacer diagnósticos en los que indicamos cuánto participan los empleados y cómo se sienten -resume-. Lo que queremos es ofrecer a las empresas las claves para que motiven más a su gente. Cuanto mejor se sienta un trabajador, más ofrecerá y mejores ideas tendrá. Se verá como parte del proyecto».
El chaval se parte de risa cuando se le pregunta si su entrenador, Joaquín Caparrós, requiere la ayuda de su negocio para motivar mejor a sus jugadores. «No, no, no -sonríe el defensa-. No necesita un diagnóstico. Tiene claro cómo conseguir lo máximo de nosotros».
Osasuna no le renueva
De pequeño, Koikili, Cecilio en euskera, no soñaba con grandes estadios de fútbol. Sus aspiraciones en el balompié no superaban las de ganar los partidillos que jugaba con los amigos del pueblo. Las energías las guardaba para otro deporte: la lucha grecorromana. Se proclamó campeón de España en tres ocasiones y una subcampeón. A los quince años, lo dejó.
A partir de ese momento, no paró de dar patadas al balón, mientras continuaba con sus estudios. Empezó en el equipo de su pueblo, el Vulcano, en el que jugó la temporada 94-95. Fútbol de 'pachangas', de niños... Así hasta que, desde el Aurrera Vitoria, saltó al Promesas (segundo equipo de Osasuna), en el que militó dos años. Completó buenas actuaciones y se vio «cerca» del primer equipo. «Una lesión lo mandó todo al traste. El último curso estuve ocho meses de baja, por una rotura de fibras... No me renovaron», recuerda.
El de Otxandio vivió por aquel entonces uno de sus peores momentos. Cuando empezó a creer que la Primera División quedaba sólo a un paso, sus piernas gritaron basta. No podía correr, entrenar, sentirse futbolista. «Después de irme de Pamplona lo pasé mal. Me quedé bastante jodido. Llegó un momento en el que sólo pensaba en cómo podría volver a estar bien. Estaba dispuesto a dedicar los meses que hicieran falta a recuperarme. Me sentía desesperado...».
Tras el golpe, el fútbol dejó de ser lo más importante para el vizcaíno. Volvió al País Vasco y se concentró en los estudios. Mientras, para mantenerse en forma, sin apenas ninguna pretensión más, regresó a los terrenos de juego. Paso a paso, a ritmo de tortuga, pero sin pausa: Gernika, Beasain, regreso al conjunto de la villa foral y Sestao.
Las dos últimas vidas
En los tres últimos años, Koikili vivía dos vidas. Por las mañanas, se vestía de empresario, en la consultoria en Vitoria; por las tardes, se ponía las medias y las botas, y se entrenaba. Empezaron sus mejores años como futbolista, en el Sestao. Recuperó sensaciones, volvió a ser el jugador que 'volaba' por la banda del Promesas... Tanto que se convirtió en la pieza clave en el ascenso a Segunda B del club vizcaíno. A pesar de ser defensa, marcó diez goles (cinco de penalti).
El nombre de Koikili empezó a sonar entre los amantes del fútbol vasco. Se corrió la voz: había un chaval, en Otxandio, que sabía defender y tenía gol; un carrilero con «gran pegada», como alardea Líbano, amigo y ex compañero del defensa, que también tuvo su oportunidad en el primer equipo. De un jugador olvidado pasó a ser un lateral pretendido por el fútbol de bronce. Su teléfono empezó a sonar. Los equipos se lo rifaban. Sobre todo, dos: el Granada y el Lorca, ambos de Segunda B.
«Tuve dudas. No sabía qué escoger. Lorca era el club que más me interesaba. Ha montado una plantilla fuerte y económicamente parecía la mejor opción». Le dio mil vueltas y, cuando parecía decidido, llegó otra oferta, la del Bilbao Athletic. Si aceptaba la invitación de Kike Liñero, ganaría menos dinero, pero la familia y sus amigos se quedarían más contentos. Además, los rojiblancos tenían, a pesar de los apuros de la pasada campaña, un conjunto en la máxima categoría. Era la posibilidad de que, si cumplía y completaba buenas actuaciones, podría jugar alguna vez en grandes estadios. Esos que Osasuna le negó y en los que a partir de mañana luchará todos los fines de semana, siempre que Caparrós mantenga su idea de hacerle debutar ante Osasuna y el valencianista Asier Del Horno no se cruce en su camino. Ya lo dijo Koikili: «Era mi última oportunidad».








