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SEXTA DE FERIA
Gran toro de El Ventorrillo
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Gran toro de El Ventorrillo
EN EL FILO. Ponce, arriesgando, remata una serie con la derecha. El toro, a punto de colarse./ IGNACIO PÉREZ
A punto de cumplir los cinco años estaba el toro de El Ventorrillo que abrió festejo. Y todos los demás también. Honda, seria, grave corrida ofensiva. Cortos de manos los toros. Por eso parecieron tan hondos. No sólo por eso. Fornidos cuellos, cajas cuajadas. Tres muy aparatosos. Estaban abiertos en lotes distintos: el segundo, el cuarto y el sexto. El cuarto fue el toro de la corrida: el de más gasolina, más ligereza y más velocidad, el de mejor nota en varas. De buen combate, sostenido hasta el final. No paró de embestir. De gran alegría. Número 47, Campasolo, negro listón, 566 kilos.

La corrida de El Ventorrillo se ha anunciado en los carteles oficiales con el hierro de su nuevo propietario, Fidel San Román, pero todos los toros de esta baza llevaban la marca vieja. El hierro con las iniciales de Francisco Medina, que fundó la ganadería, la forjó y la dejó sembrada. Y luego la envolvió, le puso precio y la vendió. Vendido, por tanto, ese toro. Hace tres años, de eral. Pronto, fijo, fino, bravo de verdad, y a más. Siempre a más. Se lo llevó Ponce en el lote y se lo brindó al público. Y le pudo, aguantó y sostuvo, pero no terminó de quererlo ni de ligarlo. Ni de entregársele. El torero al toro.

Ponce, dos veces desarmado, exageradamente abierto en los cambiados que remataban tanda, lo vio todo en primera fila. Pero no todo lo adivinó: ya mediada y hasta pasada la faena, en un cambio de mano por la espalda y casi en un descuido, Ponce salió empalado por la corva y volteado. Cogido. Con celeridad admirable estaban las cuadrillas al quite ya. El Juli, por delante de toda la tropa. La cogida, con su doble traspié, le dio a la faena de Ponce una emoción de fondo que antes no tenía. Sin ser farragosa, fue faena ligera, de muletazos sueltos, limpios, templados, trazados por abajo. Pero sin ligazón. La noble viveza del toro permitió a Ponce perder pasos. Y pegar muchos pases. Antes de la cogida, con todo, estaba pinchada la faena, castigada con un aviso antes de cuadrar Ponce al toro. La banda le dio dos vueltas al 'Manolete' de Orozko. Tocaron muy deprisa. Media estocada, un descabello, una aparatosa vuelta al ruedo sin demanda.

El primero de corrida, amplio y puesto, fue toro encastado. Ataques desordenados, un punto distraído de partida. No le perdió la pista Ponce ni un instante. Estuvo más que suficiente y seguro. A la voz lo reclamó siempre en los medios, donde, curiosamente, pesaba menos el toro que en el tercio. Al revés de lo que suelen. Las voces de Ponce en cada embroque eran como pelotazos secos en la pared de un frontón. Aldabonazos. Tibio trabajo de fácil apariencia. Media estocada de mucha muerte.

El primer toro de El Juli, que se jugó bajo la lluvia, se desfogó en un puyazo trasero y de larga duración en la puerta de las cuadras. Tras fija pelea, se fue suelto el toro, que empezó a pensárselo y a tardear en banderillas. Se resistió en la muleta: cortas embestidas desganadas, la cara arriba. Se agarró al piso, como se dice en México del toro que se para o frena sin emplearse. Tuvo que atacar El Juli, en caliente disposición desde el tanteo. La muleta por delante. Tapado el toro, que fue El Juli librando con hábiles tironcitos. Improvisaciones, provocaciones de El Juli, continua la tensión cuando empezó a defenderse el toro. Pudo El Juli, como casi siempre que se lo propone. Dos pinchazos, un aviso, una estocada sin puntilla.

Firmeza, más que fe

Con lluvia se jugó también el tercero, que fue el mejor hecho de los seis. Pero no el de mejor condición. Tardo, algo distraído, encogidillo. Sólo se fue al caballo de pica, salió andando, siempre a su aire. Entró en escena y acción Iván Fandiño, aupado a cartel de lujo en papel incógnita. Mucho toro, porque no rompía. Un muletazo sí, no tanto el siguiente, midiendo Fandiño al toro. Firmeza. Más que fe. Una estocada.

El quinto de corrida era el quinto toro que mataba El Juli en Bilbao este año y el último de los cuatro sorteados en la Semana Grande. Los toros y los elementos en contra en este turno. Se puso de nuevo a llover. Un quite por chicuelinas al salir de una vara primera el toro. Se fue al suelo un caballo en la segunda pese a no empujar el toro. Fandiño, estimulado, quitó y se celebró el gesto. Igual que el brindis. Pero no quiso el toro. Violento, brusco en los taponazos, sin descolgar. No le hizo el toro sufrir a El Juli, que fue todo resolución, pero no le dejó tampoco gustarse ni vaciarse. En reserva la intención del toro. Testarazos, buscón. La gente pidió música. Nada. Media buena, un descabello. Rabia mal disimulada de Julián cuando salió a saludar.

El sexto, castaño, fue inmenso mozallón. Suelto de varas, calamocho, escarbador, pero se dejó en la muleta como una pandereta. Más o menos. Otra vez firme Fandiño, templado con la mano izquierda. En trato amable con el toro desde que lo tomó por abajo por primera vez. Calculando los espacios, meciéndose en muletazos cortitos que salieron uno a uno cándidamente. La parroquia de paisanos de Orduña bramó contenta. La otra parroquia lo vio con gusto consentido. Una estocada. Templada espada.
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