
Unas inolvidables imágenes nos han mostrado a la pareja en un momento cumbre: su paso por una hamburguesería. Dicen que en la mesa y en la cama es donde se conoce de verdad a las personas. Pues bien, de ser ello cierto, podemos concluir que el tal Dellal, además de un apellido que suena a bronceador, tiene unos modales tirando a 'hannoverianos'. De acuerdo que las hamburguesas se agarran con las manos y que están concebidas para el empapuzamiento y embadurnamiento compulsivos, pero de ahí a chuparse los dedos hasta el codo y a usar el tejano y (todavía peor) el polo como improvisada servilleta media un abismo...
Tal vez ha llegado el momento de actualizar aquel dicho popular que rezaba: 'Cuidado con esas manos... que luego van al pan' y convertirlo en otro más acorde con los tiempos que diga: 'Cuidado con esas manos... que vienen de la hamburguesa'. Y no puedo asegurar que el mozo en cuestión bebiera coca-cola y soltara un potente regüeldo. Pero, vamos, que iba en esa línea.
No obstante, todo esto a Carlota le da igual. Ella está en esa fase del amor (que suele ser la inicial) en la que haga lo que haga el contrario todo te parece de diez puntos sobre diez. Es más, yo diría que si bien el joven Dellal se da un aire a Ernesto de Hannover en la 'finezza', Carlota también tiene a quién parecerse. Ha salido a su tía Estefanía en lo cariñosa que se muestra con los hombres. Y más que cariñosa, empalagosa y pelín cargante... (Ojo, princesa, que le ahogas la embestida).
En todo caso, me encanta ver a esta jovencita devorando con esas ganas. Si en caso de emergencia recurre a la hamburguesa, seguro que no se ha ido de España sin probar el buen jamón. No como Gwyneth Paltrow, que va a colaborar en un espacio televisivo de cocina española y como ella es macrobiótica perdida no piensa hincarle el diente al pata negra, ni al chorizo, ni al lomo... Ni a todos esos manjares que a nosotros nos llenan la boca de agua y a ella los ojos de lágrimas. Será porque se identifica con el cerdo... Y no. Con el cerdo no hay que identificarse jamás. Mucho menos a la hora de comer.








