
La originalidad brilla aquí por su ausencia, aunque forzoso es reconocer que la estética de la cinta está cuidada con esmero, en un conjunto en el que tampoco falta la fantasía y la imaginación, dadas las características mutantes de las tortugas ninja. Y, como no podía ser de otro modo, también está presente su verdosa facha, sin que, por otra parte, sus refinados nombres pictórico-renacentistas se correspondan para nada con sus preferencias gastronómicas.
Conviene recordar, eso sí, que las peripecias de estas tortugas justicieras provienen del cómic homónimo, creado en 1984 por Kevin Eastman y Peter Laird, respetando en todo momento su estética, sobre todo en relación con el ambiente, los decorados que simulan a la perfección las azoteas, calles y alcantarillas neoyorquinas. De manera que el público infantil podrá disfrutar de nuevo con la lucha de estos cuatro arrojados quelonios contra las oscuras fuerzas del mal.






