
Es martes por la noche, la ciudad se asfixia de calor y de humedad pegajosa sin un ventilador que encender porque, en caso de que uno tenga reservas en casa, mejor guardar el combustible que alimenta los generadores para usar las bombillas lo justo. El agua de las botellas está caliente, la nevera no enfría en estas condiciones. Pero nada de malgastar, que quién sabe cuánto va a durar el corte esta vez.
Y la luz se hizo al día siguiente, con la decisión de la UE de restablecer ayer el pago del carburante que llega a la Franja una vez recibidas garantías de que el Gobierno de Hamás -que tomó el poder al asalto hace tres meses- no se quedará con el dinero, los impuestos y el cobro de las facturas de la compañía eléctrica local.
Fue la razón por la que el 16 de julio la delegación de la Comisión Europea en Israel resolvió que había que poner las cosas en su sitio con los fundamentalistas y ejercer el boicot a rajatabla, a pesar de que la oficina del primer ministro, Ismail Hanniya, se apresuró a negar que esté recibiendo un sólo shekel del negocio y retó a abrir una «investigación independiente» para demostrarlo. Y, a pesar de que era consciente de que dejaba a un millón y medio de personas consumiéndose en pleno verano en el sofoco de su miseria, la UE optó por el corte del suministro.
«Así no se puede vivir»
La gente de la Franja paga caro el embargo a Hamás, ampliado desde junio. Ahora parece que habrá corriente eléctrica hasta mañana, pero todos saben que antes o después volverán las restricciones de este servicio o de otro. «Así no se puede vivir. Esto no es una vida digna, que tiren una bomba atómica y que acaben de una vez con nosotros», repite casi cada mañana Ahmed Abú Jandra, ahogado, como tantos, en un pesimismo que raya la depresión. Porque, amén de los ataques-relámpago hebreos que han dejado 13 muertos en 48 horas, Gaza nunca estuvo tan tranquila como está ahora bajo «el imperio de la Ley y el orden de Hamás». Ni un arma en las calles, ni disparos al aire siquiera en las bodas, ni una barricada, ni un encapuchado oculto tras sacos terreros en los cruces.
Pero de calma no se come, y detrás de la recién estrenada normalidad civil, la Franja se pudre: desde que Israel decidiera cerrar a cal y canto el paso fronterizo de Karni, por el que ingresaban todas las materias primas y la mayor parte de los productos básicos, todas las fábricas de Gaza se han visto obligadas a interrumpir sus producciones, la de Pepsi Cola -la primera gran industria, que se instaló en 1960- no opera hace sesenta días por la falta del óxido de carbono imprescindible para elaborar sus refrescos, y 200 de sus 250 empleados no cobran. La exportación de flores y de verduras se ha acabado, y los socios externos cancelan sus contratos. La Cámara de Comercio calcula ya en 120.000 los trabajadores que se han quedado en el paro. Y en esta esquina triste del mundo, cada uno de esos salarios suspendidos mantenía de seis a ocho personas. En unas semanas, asegura la Agencia para los Refugiados de Naciones Unidas, Gaza dependerá 100% de la ayuda externa. Habrá llegado el apagón total.
Y mientras la luz va o viene y la UE o Israel castigan a la población en nombre del embargo a Hamás, Hamás no tiene ningún plan. «No es momento de llorar, sino de mantener la dignidad alta. No vamos a hacer concesiones -sentencia el asesor política de Hanniya, Ahmed Yussef, desde su despacho con aire acondicionado- la gente entiende nuestra postura porque ya sabe que somos un Gobierno presionado, pero eso nos hará más fuertes.
Y en ese camino hacia la fortaleza, el Movimiento de Resistencia Islámica continúa con el lanzamiento de cohetes artesanales contra territorio israelí. Ayer fueron nueve los Qassan caídos en el paso fronterizo de Kerem Shalom, en respuesta a los hermanos caídos por ataques, aéreos y terrestres, lanzados en las últimas jornadas por el Ejército hebreo.
Pero la contrarrespuesta judía, por mucho que diga Hamás, no fortalece, sino que vacía a su población de jóvenes palestinos, como los dos niños abatidos por los soldados hebreos cuando jugaban cerca de unos activistas. Su funerales se desarrollaron ayer entre gritos de victoria y lágrimas de sus madres.






