
Así que hacia el Guggenheim nos encaminamos. Ante la amenaza de que la lluvia y el viento combinados provocaran un cortocircuito mortal a los músicos y técnicos que pululaban sobre el escenario, la organización informó de que la cita se retrasaría y quizá se suspendería. Pero, como los músicos tenían tantas ganas de actuar en Bilbao, se iban a esforzar. Al final las isobaras se calmaron y salió el combo valenciano, no sin antes advertir un portavoz que, si llovía, se interrumpiría el acto.
Vamos, que sería un coitus interruptus, a tenor del comportamiento rijoso y provocativo de Rafa Sánchez, líder de La Unión a pesar de su pequeña figura escénica y personaje histórico del pop español a pesar de su limitada voz y de sus contadas capacidades para el entretenimiento: se limitaba a moverse cual monitor robótico de aerobic (si buscan en YouTube vídeos suyos de los 80, comprobarán que entonces bailaba igual) y no se cortaba al lanzarnos soflamas de Doctor Amor sugiriendo el libertinaje de las féminas, invitando a brindar en el camerino, animando a lograr que esa fuera la gran noche...
Dulce popularidad
Los miembros de La Unión, supervivientes de la fecunda escena pop española de los 80, seguro que siguen en esto por los laureles de la fama, por los dulzores de la popularidad. No en vano, Rafa Sánchez no se suele cortar a la hora de presumir de conquistas y tal. Otra cosa fue el resultado y la capacidad de transmisión de su actuación, desarrollada con un entusiasmo perfectamente descriptible: tal estilo funcionaría mejor en una sala, los intérpretes seguramente andarían preocupados por el clima y el líder no es un prodigio de expresividad, aunque el público, siempre predispuesto, le jaleara al quitarse la chamarra, las gafas y demás.
La cosa pecó de rutinaria. Como pretendiendo salvar los trastos de la lluvia. Pero a La Unión se les puede justificar porque casi desde sus inicios se decantaron por el soul sintético sensual y comercial y porque la actual escena electrónica, en la que ellos basan su presunta reinvención, también explota los soniquetes de los 80.
Por culpa de todo esto el listado retumbó a añejo, entre Fangoria y Marta Sánchez. Los clasiquitos personales se sucedieron a veces irreconocibles ('Maracaibo', una desvirtuada 'Sildavia' en el bis), ellos insistieron en una sensualidad poco profunda y aún menos lúbrica ('Ella es un volcán', 'Más y más', 'Negrita'), las versiones les quedaron vaya ('Tainted Love', 'Long Train Coming') y cerraron con su hit 'Lobo hombre en París' la hora y media plana y aburrida.










