
Ayer pasó por Bilbao, en una breve visita que lo llevó hasta el Guggenheim en medio del diluvio matutino que caía sobre la ciudad. Llegó en dos furgonetas con su esposa, dos de sus hijos y sus guardaespaldas, y fue recibido por el director del museo, Juan Ignacio Vidarte, que hizo de guía. «Es la segunda vez que viene. Estaba encantado, emocionado con el recorrido y se quedó especialmente impresionado con la exposición de Kieffer. La gente no hacía más que sacarle fotos», cuenta Vidarte. Por segunda vez, Carter firmó en el libro de visitas: «Este museo te deja sin respiración y las exposiciones son inspiradoras». En 1998 fue algo más escueto: «Una experiencia increíble», escribió.
A las once, la familia Carter montó en la furgoneta y partió rumbo a Santander. Allí, el ex presidente, de 82 años, participó en una conferencia sobre 'Energía y pobreza' y aprovechó para ofrecerse como mediador entre el Gobierno español y ETA -ya lo hizo en los 90, pero Aznar declinó su ayuda-, aunque resaltó que prefiere que este problema sea resuelto «dentro del país».
Los santanderinos le asaltaban por la calle, como en Toledo, Santo Domingo de la Calzada, Haro -comió en unas bodegas- y en la fiesta medieval de Olite, donde la Policía improvisó un cordón para evitar que la gente se abalanzara sobre él. Lo agradeció escribiendo esto en el libro de visitas del Parador: «Es el sitio de España donde mejor me han recibido».






