
Este es el primer verano que Vitaliy se viste de arrantzale junto con su familia de acogida. El pequeño pescador, de 6 años, pasa desapercibido entre tantos niños sonrientes, pero es uno de los chicos ucranianos de Chernobil acogidos por familias de Bilbao. Aunque apenas habla algunas palabras en castellano, se entiende con los demás chavales en el lenguaje universal de la diversión. «Estamos encantados de tenerle con nosotros», comenta Iñaki Rodríguez. Sus hijos Urko, de 7 años, y Uxue, de 6, cogen de la mano a Vitaliy en la cola para entrar en el Gargantúa.
Noelia Varela es una joven tía de 20 años. «Vengo con mi sobrina y con el tío. Me parece que están muy bien distribuidas las zonas por edad», apunta mientras espera entrar con Oihane, de 5 años, al Gran Prix Chino. Irati Álava se presenta tímidamente -«estoy maquillada de mariposa»-, pero con sólo 4 años ya muestra aptitudes para la crítica: «El hinchable no me ha gustado porque tenía huecos», cuenta. Su madre la trae al Txikigune desde pequeña, vamos, desde siempre: «Los primeros años no se enteran, pero cuanto más crecen más se divierten».
Área táctil
En el área táctil tiene su rincón la ONCE. «Lo que hacemos es acercar a los chavales a lo que significa no ver», asegura Inma Arrieta, la 'sheriff' del recinto. Allí hay juegos especiales de parchís y ajedrez y libros en braille. «Los niños también tienen la posibilidad de hacer un circuito en silla de ruedas, tándem y 'handbike' -detalla Arrieta-. Aunque vienen pequeños que apenas comprenden lo que significa no ver, queremos enseñarles que hay otras maneras de hacer las cosas».
«Hay mucha concurrencia de niños, pero todo lo quieren gratis», se queja un Mickey Mouse que pide la voluntad a cambio de un globo. «¿Que cuánto cuesta la voluntad? Pues puede costar una miseria... 20 céntimos», aclara. Porque la gratuidad del Txikigune es un detalle importante: «Me parece estupendo. Con los precios de las barracas esto es una ayuda», se congratula Josi Aperribai, que espera en la fila del tobogán junto a su hijo Unai.
Zirratz Suárez, de 19 años, es la encargada de transformar los rostros infantiles en criaturas fantásticas. «Intentamos maquillarles de lo que ellos quieran, aunque este año lo que más piden es Spiderman. De mi trabajo me gusta cuando los niños se miran en el espejo -dice, mientras pinta los dientes de una conejita-. Algunos se asustan, pero después les acaba gustando». Su siguiente 'clienta' tiene muy claro de qué quiere ser maquillada: «De gatita rosa».










