Animal de costumbres, se acercaba todos los días más o menos a la misma hora al mismo trozo de playa, casi en la arena, arriesgándose a embarrancar quién sabe si buscando sus cinco minutos de gloria. En su caso han sido algo más y la fama le ha pasado factura. Pese a la prohibición de meterse en el agua, algunos bañistas estaban empecinados en tocarlo, lo que podía haber acarreado algún mordisco de defensa, porque el tiburón gris es inofensivo, se alimenta de pececillos y visita nuestras costas con más asiduidad de la que creemos, aunque pocas veces tan cerca. También había peligro para el animal: hay quien hablaba ya de arpones.
Así que biólogos del Acuario de Barcelona y expertos en pesca intentaron apresarlo con redes toda la mañana del domingo, pero la mala mar estaba de parte de pez. Ayer lo volvieron a intentar. Se le vio por primera vez sobre las 13.30 horas. Después regresó a las 15.00. Para avivar el espectáculo, entre ambos avistamientos apareció una manta raya. Pero no fue hasta las 18.45 cuando pudo ser apresado. Estaba a cinco metros de la orilla cuando dos redes lo inmovilizaron. Los curiosos se acercaban tanto que voluntarios de la Cruz Roja formaron una cadena humana para contenerlos. Los técnicos lo sacaron a la arena, mientras el animal se revolvía causándoles heridas leves y también a sí mismo, en el tórax y en la cara.
La Fundación para la Conservación y Recuperación de Animales Marinos (CRAM) había recomendado liberarlo a 30 millas de la costa, pero finalmente lo trasladaron a Barcelona en un vehículo del Acuario, dentro de una pecera de 800 litros de agua con sistema de oxigenación. Tras unos días en observación para conocer su estado de salud y el motivo de sus visitas, decidirán entre liberarlo u obligarlo a nadar en círculo con otros de su especie hasta el fin de sus días.






