En España el mecanismo activador de la fiesta ha sido muy claro. Se han comprado cientos de miles de viviendas que no se necesitaban o que no se podían permitir, empujados por la certeza estadística de que su precio subiría el próximo trimestre y animados por unos tipos de interés nominales tan bajos que convertían los reales en negativos. E igual de claro es el mecanismo que está arruinando el espectáculo. La certeza de la subida se ha convertido en la duda de saber cuánto bajarán el próximo trimestre; los tipos de interés se han duplicado y los gastos de mantenimiento han dejado de ser un acontecimiento secundario para convertirse en una pesada losa mensual. Por eso, muchos consideran llegado el momento de deshacerse de un activo que empieza a quemar en las manos.
La deuda hipotecaria sigue creciendo todavía porque muchos adquieren una vivienda 'necesaria' y ellos sólo pueden seguir adelante y asumir con resignación los mayores costes. Pero la importante reducción de la tasa de crecimiento del endeudamiento familiar y la creciente aparición de anuncios de venta de pisos parecen indicar que los inversores 'superfluos' ya no compran, pero sí venden. Quizás debieran haberlo decidido antes.






