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CÉSAR RINCÓN, MATADOR
«Seguiré siendo torero aunque no me vuelva a vestir de luces»
El diestro colombiano espera decir adiós a Bilbao con un éxito: «Tuve triunfos aquí, pero les faltó redondez»
20.08.07 -
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«Seguiré siendo torero aunque no me vuelva a vestir de luces»
Respeto. «El toro es amo y señor absoluto de la fiesta», afirma Rincón. / ap
César del planeta del toro. Maestro en tauromaquia. Torero de toreros. Y de ganaderos. Suyos fueron los 90. Seis puertas grandes en Las Ventas engalanan el envidiado currículo de Rincón, diestro de gran predicamento en Francia. Entre las temporadas de 1999 y 2002, una hepatitis C lo apartó de los ruedos. Resucitó para el toreo en Olivenza en marzo de 2003. Desde entonces imparte magisterio taurino. Condicionado por su maltrecha salud, el colombiano atesora raza para hacer una docena de toreros. Esta tarde se despedirá de Vista Alegre en una de las principales efemérides de las Corridas Generales de 2007. Suene el aurresku en honor de uno de los más grandes diestros que Hispanoamérica regaló al toreo. Hasta siempre, maestro.

-Usted es el menor de cinco hermanos. ¿Es un niño mimado?

-Ja, ja... Durante muchísimo tiempo lo fui. Mi mamá me agasajó de cariño y mimos, pero nuestra infancia fue muy dura, los hermanos tuvimos que salir afuera muy pronto para poder ayudar en la casa.

-¿Continúan llamándole 'Negro'?

-No. Fue un apodo que mi madre me puso de niño porque era el más moreno de mis hermanos. La única persona que me llamó así fue mi mamá.

-¿En el toreo ha sentido recelo por ser colombiano?

-Sí. Absolutamente. Le podría enumerar cientos de circunstancias en las que noté desconfianza. En las contrataciones a la baja; en el hecho de que se contara antes con los toreros locales, en que me gritaran «márchate a tu tierra» en las tardes menos afortunadas... No fue sencillo abrirse paso en España.

-¿Y por su color de piel?

-No, la verdad es que no. ¿Tampoco soy tan moreno, ja, ja...!

-¿Europa es racista?

-Y clasista. De todo hay.

-Nació en los arrabales de Bogotá. ¿Qué importancia da al dinero?

-Grandísima. No lo es todo, no da la felicidad... pero ayuda. Gracias a los ingresos que me reportó mi profesión pude sacar a mi familia adelante. Es un gran orgullo saber de qué casa salí, en Inquilinato, y hasta dónde he llegado.

-Una transfusión de sangre le contagió una hepatitis C que le apartó de los ruedos tres temporadas. ¿Guarda rencor a la vida?

-Todo lo contrario. Soy un enamorado de la vida. Sobre todo, después de la transfusión, porque me apegué mucho más a vivir.

-Maestro, ¿por qué se va?

-Porque me ha llegado el momento de disfrutar de lo que me ha dado mi profesión. Soy consciente de que se me queda en el tintero la faena soñada, pero algunos logros importantes he conseguido. Me doy por satisfecho. Quiero ser feliz, disfrutar de mi familia.

-¿Es una despedida definitiva o...

-Hay que saber decir adiós. Estoy seguro de que es definitivo.

-¿En su decisión ha influido la crisis de los cuarenta?

-No me he dado cuenta del paso del tiempo. Cuando una profesión es tan absorbente como el toreo, los años se te van volando. Un día te dicen que cumples los veinticinco años de alternativa y te quedas helado. ¿Parece que fue ayer!

-¿Se cortará la coleta?

-No. Aunque no me vuelva a vestir de luces, toda mi vida seguiré siendo torero. Continuaré toreando de salón y becerras, incluso participaré esporádicamente en festivales. Nunca seré un ex torero.

-Suena mal, ¿verdad?

-No es bonito. Soy torero y moriré siendo torero. Los únicos ex son los presidentes de las naciones, ja, ja...

Futuro sin miedos

-Dice que se viste de luces para sentirse vivo. ¿El 24 de febrero, día de su despedida en Bogotá, creerá morirse?

-Sentiré que se me va una vida, morirá una parte de mí. Posiblemente, la más importante. Desde que empecé a jugar al toro con mi perrito 'Príncipe' hasta hoy, toda mi vida ha girado alrededor de esto. Entro en una nueva etapa donde no estarán presentes los miedos.

-¿Le embarga la nostalgia?

-La nostalgia es bonita. No tiene por qué ser un sentimiento destructivo, de amargura. Es cierto que miro atrás, pero para admirar todo lo que conseguí.

-Usted es un hombre profundamente religioso. ¿Se puede ser torero sin creer en Dios?

-Hay compañeros que no son fervorosos, cada uno es un mundo. Yo creo a pies juntillas en Dios. Soy católico practicante y mi fe me ha dado alas para vivir. Igual mi profesión ha provocado que me aferrara a un ser superior, pero en mi caso ha sido de gran ayuda.

-¿Qué fue más difícil, llegar a figura o mantenerse como maestro?

-Lo segundo. Si difícil es llegar, sostenerse no le quiero ni contar. Y no en el toreo, sino en todas las profesiones, si bien es cierto que nosotros no dependemos de nosotros mismos: ¿está el toro que sale por la puerta de chiqueros! No he sido precisamente un torero con fortuna en los sorteos.

-Una de las máximas de su tauromaquia es 'todas las ventajas para el toro'. ¿Suele tirar piedras contra su tejado?

-El toro me ha dado tanto que cada día le levanto un monumento. Es el gran protagonista de la fiesta, su amo y señor absoluto. ¿Hay que cuidarlo! No creo que sea tirar piedras contra mi tejado. ¿De qué sirve machacar al toro? Es uno de los poquitos animales que tienen la suerte de poder luchar por vivir, ¿por qué no voy a facilitarle el camino para que regrese a la vida?

-Usted indultó a un toro de su propia ganadería.

-Cierto, en Manizales. Lo recuerdo como una de las experiencias más asombrosas de mi vida. 'Abogado' era un animal de muy buena reata. En la finca siempre estaba apartado de sus hermanos, le pegaban mucho. Era mi niño mimado. Cuando fue a la plaza, cruzaba los dedos para que me tocara en el sorteo. E hice cuanto estuvo en mi mano para ayudarle a rescatar su vida.

-¿Por qué les cuesta tanto a los toreros ceder parte del protagonismo del espectáculo a los toros?

-Porque somos egoístas. Sólo pensamos en nuestro triunfo. Siempre cavilamos que si vaya mierda de toro, que si con esta ganadería no se puede... Rara vez meditamos sobre nuestra responsabilidad. Somos ignorantes y no nos damos cuenta si incomodamos a los toros. Hay que ayudarles a encontrar sus terrenos, su distancia, su ritmo...

-¿Los toreros son tan ingratos como dicen?

-Ciertamente lo somos. Nos sentimos tan solos que, de forma innata, desarrollamos desapego, o llámalo ingratitud si quieres. Al final, frente al toro, el único que resuelve la papeleta es el torero.

-¿Está satisfecho con su cuota de protagonismo en Vista Alegre?

-No, no, no... ¿Para nada! No he tenido suerte en Bilbao. Tuve triunfos en Vista Alegre, pero les faltó redondez.

-Esta tarde tiene su última oportunidad

-¿Y espero aprovecharla! Admiro la plaza de Bilbao. No hay más que repasar su historia: impone respeto, es un coso con identidad propia. Agradecezco que me den la oportunidad de despedirme de su afición. Para mí es algo muy lindo.
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