
Internet, portátiles, móviles, blackberrys Por momentos, la nueva entrega del agente sin memoria parece un folleto del Media Markt. El impasible Matt Damon salta de Londres y París a Madrid y Nueva York, pero, al contrario que en la saga Bond, no hay una estética turística de postal. Como hemos perdido la cuenta de por qué le persiguen y la confusa intriga da igual -el filme arranca justo donde termina la segunda parte-, sólo queda disfrutar de las carreras. Y aquí es donde 'El ultimátum de Bourne' pincha en hueso. Los platos fuertes son una cacería humana por los tejados de Tánger y una persecución automovilística en Manhattan, pero la afición del director por la cámara en mano y un montaje donde los planos duran décimas de segundo las hacen imposibles de seguir. Obligan a retirar la vista de la pantalla, so pena de marearse en la butaca. La absoluta falta de sentido del humor no permite ni un ápice de autoparodia. Ayuda a hacer más realista a Jason Bourne -que, por fin, sabe quién es- y hace añorar al hedonista, entrañable 007.
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