
EL PERFIL
Una cama grande, otra pequeña, un lavabo y muchas fotos de amaneceres, bosques tropicales y pueblos centroeuropeos abarrotan el interior. Suficiente para recorrer mundo, pues no hay que olvidarse de la baca, donde dejan las tablas de surf y los corchos de 'bodyboard'. «Esto es como una segunda casa», asegura Joost con orgullo, mientras acaricia la pared. Una vez fuera, Sandra hace señas a la pequeña Piem, de seis años, que ya tiene traje de neopreno para coger olas cuando el agua está demasiado fría. La niña corre hacia ella, pone carita de súplica y no tarda en salir escopetada hacia la orilla con la melena rubísima al viento.
Los tres sienten una pasión irrefrenable por el agua... Nacieron en Amersfoort y eso marca. En pocas ciudades, hay tantos nadadores y jugadores de waterpolo por metro cuadrado. Carecen de mar, pero los críos brincan como delfines en la piscina municipal. Así que no es de extrañar que, recién casados, Sandra y Joost dieran el salto hasta Surinam, una antigua colonia holandesa, al norte de Brasil. «Queríamos montar un hotel, estábamos llenos de ilusiones y sueños exóticos a la luz de la luna», confiesa Sandra con los ojos cerrados.
De Surinam a Costa Rica
Piem ha regresado y juega en la arena con una amiguita alemana. La niña no había nacido cuando sus padres dejaron Europa. «Nada era como pensábamos. No pudimos salir adelante en Surinam». Y tampoco en Curaçao, la isla más grande de las Antillas Holandesas, donde no tuvieron tiempo ni de ver la granja de avestruces... Sólo en Costa Rica aterrizaron con buen pie. «Entre 1995 y 1998, ganamos algo de dinero con una tienda de surf, en Tamarindo», recuerda con alivio Sandra, sentada en el escalón de acceso a su caravana.
Acaba de cumplir 39 años y aún no se lo cree. «¿Qué rápido pasa todo!». Ahora trabaja en una empresa de selección de personal en su país y Joost es monitor en una cárcel para menores. Han dado mil vueltas y no piensan parar. «¿Mañana nos marchamos y no sabemos adónde!». Su vida va sobre ruedas.










