
La prensa británica publicaba en julio que Penny Harrys, una profesora jubilada de 60 años, había encontrado el primero de los patitos que llegaba a Europa. Nuestra Penélope mostraba incluso al exhausto y harapiento viajero que recogió del mar. Cientos de reporteros europeos se dirigieron entonces a Ebbesmeyer para saber cuándo y dónde encallaría el resto de la armada amarilla. Tal fue la insistencia que el investigador terminó por contestarles a todos, igual que ayer a este periódico, con una carta publicada en 'The Wall Street Journal' el 8 de agosto: «Pongamos las cosas claras: dentro del contenedor extraviado no todo eran patitos amarillos. Había ranas verdes, tortugas azules y castores rojos. Además, no eran de goma, sino de plástico rígido». El de Penny Harrys no era uno de los 29.000 juguetes de baño perdidos en las costas chinas.
Pero que el patito hallado por Penélope no fuera su esperado Ulises no quita para que, antes o después, los animales de plástico acaben llegando a las costas continentales. Según el modelo informático desarrollado por Ebbesmeyer e Ingrahams, el grupo inicial se fracturó en dos. Alrededor de dos tercios de los sintéticos argonautas alcanzaron las playas de Indonesia a los pocos meses de naufragar. El resto comenzó un devenir por los mares de medio mundo que bien parece diseñado por el propio Homero.
Cruzando el Pacífico llegaron a Estados Unidos, algunos siguieron hacia el Norte, por Alaska hacia el estrecho de Bering. Y de ahí por el mítico paso del Noroeste hacia el Atlántico. «Tardarían más de cinco años en cruzar entre el hielo del polo -calcula Ebbesmeyer-, ya que en 2003 ya se encontró una de las ranas verdes en Escocia». Quizá un beso la habría convertido en el príncipe de Ítaca, lo que está claro es que en las historias que Penny Harrys cuente a sus nietos el patito, por muy deteriorado que se encuentre, nunca más será feo.






