El muchacho llevaba un traje de color vino burdeos con solera. No sólo le venía grande, con doble hilera de botones y hombreras demasiado aparatosas y como venidas un poco hacia delante, sino que además se veía con claridad que no estaba acostumbrado a vestir así. Se le notaba envarado y molesto. El traje color vinagre tirando a rancio, camisa verde arsénico y una corbata dorada que hacía daño a la vista de este humilde observador imparcial. ¿Quién demonios le habría aconsejado que se vistiera así? ¿Y quién demonios le habría puesto ese penoso tinte caoba de domador de leones en los rígidos mechones del flequillo? A saber. Pero hay que ver cómo se disfraza la gente para ir de boda. Yo creo que se está perdiendo la cordura, el sentido común y todo. ¿A ustedes les parece normal lo que se hace ahora en las bodas? Los muy cutres se sienten obligados a imitar a los menos cutres. Éstos imitan a los casi bien. Los casi bien se fijan en el triste glamour de los un poco mejor. Y así sucesivamente. Hasta que los de más arriba emulan directamente a los de las revistas del corazón y toda esa turba infame que por supuesto son los más cutres de todos. De manera que ya no hay boda que no parezca un circo. O así. El tipo éste, digo, el domador de la melenilla, tendría cerca de los treinta y la chica que estaba a su lado, tambaleante sobre unos tacones de diez centímetros, peinado gótico y maquillaje de fantasía, parecía una de aquellas novias de Drácula con escote desgarrado que salían en las viejas películas de terror pseudo-erótico de la Hammer. Bueno pues estaban en la puerta de la iglesia, el otro día, al sol, haciendo tiempo, esperando la salida de los novios a más de 35 grados, cuando el muchacho saca un paquete, como quien saca el látigo, se enciende un pitillo, aspira profundamente y en un par de segundos le da un mal punto y se desploma allí mismo. En el acto. Se desmayó en las escaleras. Se oyó un gritito y apareció una señora que parecía la prima de la archiduquesa de Bourbon-Chantilly envuelta en un revuelo de sedas más o menos malvas con pamela a juego que se hizo cargo de la situación y puso orden y tranquilidad. El chaval estaba blanco, sudando tinta. Le aflojaron la corbata y le soltaron la camisa. ¿Aire, aire!, decía el pingüino. ¿Agua, agua!, respondía el payaso. No me gustan las bodas, lo admito. Ya está, lo reconozco. Detesto todo ese montaje que se organiza. La última vez que nos invitaron a una boda, fíjense lo que les voy a decir, nos mandaron el número de la cuenta corriente para que ingresáramos el importe que «habíamos pensado» dedicar al regalo. Por supuesto, no fuimos. Al carajo. Ya digo: esto de las bodas de ahora cada día es más de locos.