
«No tenemos agua, no tenemos comunicación y todas las casas se han caído», añadió al describir el estado en que se encontraba sumido su municipio, de unos 130.000 habitantes. Reclamó entre sollozos ayuda médica urgente al Gobierno y miró al cielo para «pedir a Dios desde lo más profundo de mi corazón que ésto no vuelva a ocurrir».
Hermanado con Mendoza por esta desgracia, el alcalde de la vecina Ica, Mariano Nacimiento, ampliaba las peticiones a las autoridades. Precisa de medicinas, tiendas de campaña para alojar a los damnificados, víveres y «toda la ayuda que puedan otorgarnos». Nacimiento cifró en unas setenta las personas muertas en su ciudad y elevó a ochocientos la cifra de heridos en la capital de la región más afectada, que acoge a 320.000 habitantes.
El departamento de Defensa Civil confirmó el envío a la zona de dos toneladas de ayuda humanitaria que incluyen tiendas, colchones y medicinas. Las autoridades sanitarias regionales pidieron, asimismo, el apoyo de helicópteros para trasladar a Lima a los heridos graves que precisan atención especializada.
«Obra del Señor»
Dentro del ambiente de tristeza, angustia y pavor que flota por la región de Ica, ayer sobrevivían ciertas dosis de alegría, las de las personas que vieron que la demostración de fuerza de la naturaleza no se cebó en sus familiales. «Ha sido una obra del Señor», repetía entre sollozos Félix Huamán García. «Ha sido Dios quien ha querido que mi esposa, mis tres hijas y yo nos salvemos de la muerte a pesar de haber pasado la noche bajo los escombros de nuestra casa en Pisco Playa», trataba de explicar a cualquiera que se detuviera a escucharle. Lo hizo a una cámara de televisión y a ella le mostró, aliviado, sus heridas.
Las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos, blanquecinos por el polvo. Parecían causar surcos en su rostro cubierto de una mezclada de sangre, tierra y pena. En las pantallas de los televisores peruanos, el superviviente parecía un fantasma que le había ganado una apuesta a la muerte.
Más de quinientas víctimas, sin embargo, no tuvieron su suerte. El mismo Huamán, después de narrar su increíble historia, tuvo que notificar el trágico fallecimiento de la hermana de su madre y de su prima, y decir que lo hacía para que el esposo y padre de las difuntas se enterara y regresara al pueblo para sepultarlas. El humilde estibador vive en el pequeño pueblo de pescadores ubicado al sur del puerto de Pisco, conocido como Pisco Playa.
Allí, como en el resto de las zonas afectadas, los miles de damnificados se aprestaban a pasar su segunda noche a la intemperie ante el temor de nuevos temblores. Sin más techo que el cielo, no dormirán, seguirán vigilantes, cubiertos por las escasas mantas que los equipos de socorro han logrado repartir. «Lo hemos perdido todo. No sabemos si algo de lo nuestro se ha salvado. Tenemos miedo de volver a casa», dicen.






