
El dichoso cubo, que primero se llamó mágico y después Rubik en honor de su creador, el escultor y arquitecto húngaro Erno Rubik, lleva desde 1974 acaparando premios de diseño, ganando dinero y dando deliciosos quebraderos de cabeza a los matemáticos de todo el mundo. Con sus 54 facetas de brillantes colores en total, 9 por cada una de las 6 caras del cubo, una vez rota la unidad de color de las caras las configuraciones posibles se elevan a no menos de 43 quintillones. Un abismo donde la fuerza bruta del cálculo se estrella sin remedio, incluso apoyándose en los más poderosos superordenadores.
Decía el viejo Descartes que si tienes un problema muy grande, hay que intentar trocearlo en problemas más pequeños. Kunkle y Cooperman le hicieron caso. Empezaron por eliminar todas las configuraciones conocidas del cubo que resultaban matemáticamente equivalentes. Después estrecharon el problema a las configuraciones del cubo que se pudieran resolver con 13 o menos medias vueltas y calculando, calculando, alternando técnicas de segmentación de la información con multiplicación rápida, Kunkle y Cooperman lograron rebajar los 43 quintillones iniciales a 1.4 trillones.
Seguían siendo cifras mayores, pero a base de mucho amor, mucha técnica y de 63 horas de computación frenética, las máquinas concluyeron que con un máximo de 16 movimientos era posible reducir cualquier configuración del cubo a una de las elegidas. Podía garantizarse el desenlace de cualquier combinación en 29 pasos.
Sólo faltaba bajar de los 27 movimientos que Silviu Radu, del Instituto Tecnológico Lund, en Suecia, logró el año pasado. Y aquí entró la picardía matemática del dúo maravilla de Boston: se dedicaron a buscar sólo soluciones de 26 movimientos o más.
Así, el récord estaba en su mano, aunque el problema quedaría sin resolver. ¿Dónde está el límite? Algunos expertos creen que el número más bajo absoluto de movimientos necesarios para resolver el cubo e Rubik -al que ya llaman el «número de Dios»- se sitúa muy poco por encima de los 20 pasos.
Ahora hay que demostrarlo con los algoritmos en la mano. Hasta entonces, Kunkle y Cooperman tienen la última palabra.






