
Comprendo la preocupación del rey Harald. Teme que su hija, de tanto hablar con los ángeles, acabe tiñéndose el pelo de azul, como Lucía Bosé. Y luego de ahí a montar un museo celestial y empezar a pedir subvenciones hay sólo un paso. Marta Luisa dice que aprendió a familiarizarse con la mente humana gracias los animales. Vamos, que cuanto más conocía a su perro más entendía a las personas. Aquí se podría hacer un chiste fácil con respecto a cierta mentalidad masculina. No seré yo... En serio, la hija de Harald ha contado que en realidad fue a través de sus caballos como llegó a contactar con los querubines. No sé si ocurrió después de una caída, pero la cosa es que empezó a adivinar el futuro. Ya saben, las respuestas a esas preguntas esenciales, como las que le formulaba un adolescente Boris Grushenko a la Muerte (con guadaña y todo) en aquella película de Woody Allen: «¿Existe el más allá? ¿Hay vida después de la muerte? Y lo más importante de todo: ¿hay chicas?»
Todos tenemos dudas existenciales, y a mí me habría encantado contactar con Marta Luisa para cotillear un poco sobre esos temas y otros algo más banales: qué tal le comen las niñas, qué tal le come Ari Behn... Pero algo ha fallado, porque en lugar de Marta Luisa han empezado a aparecérseme otras presencias no del todo deseables... Ayer, mismo, en pleno centro de Barcelona, un tipo enorme con una camiseta que decía: 'Tengo un mal día'. Alguien me aclaró que era uno de los guardaespaldas de Scarlett Johanson. ¿Eddie?, pensé. Pero volví a leer su camiseta y no me atreví a saludarle. Más tarde, ya en Internet, se me aparecieron Putin y Alberto de Mónaco pescando. Y ahí fue tal el horror que decidí frenar en seco. Por eso es mi deber advertirles: no lo intenten en sus casas, que el esoterismo, mejor no 'meneallo'.








