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Bush pierde al artífice de sus triunfos electorales, lastrado por su conexión con escándalos políticos
Karl Rove, el cerebro de la Casa Blanca, se vio salpicado por el 'caso Plame' y el de los fiscales
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Bush pierde al artífice de sus triunfos electorales, lastrado por su conexión con escándalos políticos
ADIÓS. Bush se despide de Rove en la Casa Blanca. / AF
Le llaman el álter ego de George W. Bush, su cerebro, su arquitecto. Todo eso es lo que perderá el presidente de Estados Unidos cuando a final de mes le abandone Karl Rove, su máximo consejero político y jefe de gabinete adjunto de la Casa Blanca. Se va, como le recordó ayer emocionado el propio Rove en los jardines de la residencia presidencial, un amigo de 34 años que hace catorce le ayudó a convertirse en gobernador de Texas y hace diez empezó a prepararle para «devolver el honor al Despacho Oval».

Es otro texano que vuelve a Texas a ocuparse de su familia. Durante seis años y medio el círculo republicano que planificó la vuelta al poder de su partido tras los dos mandatos de Bill Clinton ha dominado la Casa Blanca, pero el tramo final del segundo y último les está dejando exhaustos.

En minoría en las dos cámaras, cercenados por una guerra impopular que cada vez recuerda más a Vietnam, y atosigados por las investigaciones del Congreso, muchos dan signos de extenuación. Tanto, que el jefe de gabinete de la Casa Blanca Joshua Bolten les ha advertido de que quienes empiecen en septiembre el nuevo curso deberán permanecer junto al presidente hasta ese 20 de enero de 2008 en que Bush abandone el sillón presidencial. Para Rove ha sido ahora o nunca, y no ha dudado en coger el tren. O mejor dicho, el helicóptero que le llevó ayer hasta el Air Force One, donde acompañó al máximo mandatario hasta su querida Texas. El uno para pasar las vacaciones en su rancho de Crawford y el otro para no volver.

Muchos están agotados, pero Rove también está acorralado. Los demócratas le tienen en el punto de mira por el escándalo de los fiscales despedidos presuntamente para evitar que continuaran las investigaciones contra republicanos corruptos, según acusa la oposición. El año pasado se arrastró penosamente en varias ocasiones ante el gran jurado, acusado de haber filtrado el nombre de la espía de la CIA Valerie Plame como venganza por las declaraciones de su marido sobre Irak.

Y aunque de aquélla salió ileso, y el presidente le ha blindado para que no tenga que testificar ante el Congreso, el círculo se va estrechando. Rove sabe que ahora que las aguas están calmadas por el receso veraniego es el momento de irse con la cabeza alta.

Pero no evita que muchos le acusen de hacerlo para librarse del escrutinio del Congreso, que lo ha citado a declarar. «Sé que van a decir eso», adelantó con calma al director editorial de 'The Wall Street Journal' al que dio la exclusiva de su partida, «pero no voy a quedarme o irme basándome en si a la masa le gusta o no».

Difícil de sustituir

La Casa Blanca aún no ha anunciado si nombrará a un sustituto para el cargo que deja vacante, pero todo el mundo sabe que Rove no tiene recambio. No importa quién la ocupe, su mesa se quedará tan vacía como la que dejó otro amigo texano del presidente que dimitió antes del verano, Dan Bartlett, también asesor de Bush desde que éste se preparaba para ser gobernador de Texas, y reemplazo de Karen Hughes, la mujer en la sombra que manejó su imagen para la prensa durante todo ese viaje electoral.

Bush está vetado constitucionalmente para un tercer mandato, pero el Partido Republicano, a la cola en las encuestas tras los candidatos demócratas, bien podría hacer uso de sus servicios. Rove dice que no tiene ninguna intención de involucrarse en la campaña de 2008, pero tampoco cree que el partido le necesite.

A su juicio, la situación en Irak mejorará cuando se complete la escalada de tropas. Los números de Bush volverán a los niveles de popularidad que un día disfrutase. Y los republicanos ganarán fácilmente las elecciones porque los demócratas, «probablemente nominarán un candidato duro y tenaz, pero fatalmente marcado», llamado Hillary Clinton.

Ésas son las predicciones del estratega electoral más brillante que haya tenido Washington en mucho tiempo, decidido a perpetuar a los republicanos en el poder gracias al apoyo leal de 19 millones de «blancos, evangélicos protestantes, de Pentecostés y fundamentalistas», acotó en su día, en los que ha confiado la victoria perpetua.
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