
PERSONAL
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Dejó de ver la 'caja tonta' cuando abandonó su Sondika natal para trabajar en Foshan como directora financiera en la empresa Vicinay Cadenas. La compañía decidió abrir una nueva factoría en el otro extremo del mundo y ella era la persona idónea. Tras estudiar Empresariales y desarrollar toda su carrera «en casa», se le planteaba un tentador reto: dejarlo todo y mudarse a China durante cinco años.
De aquella decisión han pasado ya cuatro meses y de momento, el balance parece ser muy positivo. Situada a tres horas en tren de Hong Kong, la ciudad donde vive es una de las capitales mundiales de la cerámica. En la última década ha vivido un fuerte impulso industrial y urbanístico, del que ahora forma parte Amaia. «Es un país de contrastes. Sales de la terminal del aeropuerto, un edificio descomunal, nuevo y moderno, y te topas con chabolas viejas y antiguas».
China «vive en plena y constante mutación», del férreo comunismo al feroz capitalismo, que permite ser testigo de curiosas paradojas: se tarda menos en construir un edificio que en rellenar el papeleo necesario para levantarlo. «El terreno donde está la fábrica era, hace unos meses, una huerta, y en febrero ya estaban construidos 5.000 metros cuadrados».
La lista de la compra
Por culpa de estos trámites y el quehacer diario, Amaia ha descubierto que el chino es un idioma muy complicado de aprender. De hecho, una profesora viene a darle clases a su piso. «Ya lo chapurreo y ellos valoran mucho tu esfuerzo, aunque hables 'a lo indio'», explica.
No es el único obstáculo con el que se ha topado. Los problemas surgen cada vez que decide preparar la lista de la compra, ya que encontrar algunos productos occidentales es una tarea imposible. «Me costó mucho dar con desodorante masculino para cuando venga mi marido. Y al comprar leche tienes que tener cuidado porque te la juegas. Al final, debes fiarte por los dibujitos del envase o preguntar a alguien y, aún así, puedes meter la pata y llevártela entera cuando la quieres desnatada».
Con los palillos, sin embargo, no le quedó otro remedio que arreglárselas. «Aquí la gente come muy rápido». Y también «diferente». «Hay platos que los preparan muy bien. La fruta está muy buena, también el marisco y los pescados». Pero si algo le llamó la atención del país es la manera en que los chinos invierten su tiempo de ocio. «Un domingo cualquiera las bibliotecas están abarrotadas y entre semana la gente va desde muy temprano a la piscina. Es una maravilla verles hacer gimnasia en los parques».
Por la noche, en cambio, el plan suele ser más tranquilo: cine, cena, y «karaoke». «A los chinos les encanta, pero a mí no me gustó mucho. Cantan canciones muy melancólicas y trágicas. Ellos se lo pasan genial, pero a mí me aburre un poco», reconoce.








