
No iba a serlo ya por mucho tiempo y el rey pronto encontraría en Ana Bolena una nueva mujer dispuesta a darle heredero. Pero la relación amorosa o desgarrada entre Enrique y Catalina sigue siendo objeto de la curiosidad histórica y ahora una exposición muestra algunas facetas de aquel reino en un lugar que fue uno de sus escenarios, Hampton Court.
Fue construido por el arzobispo de York, cardenal Wolsey. Sus artes para la diplomacia y el Gobierno le valieron la confianza del rey, que le nombró también Lord Canciller. Cuando el cardenal buscó una sede adecuada para su adquirida grandeza, la encontró en el sudoeste de Londres, a una distancia conveniente entre la capital y el castillo de Windsor.
Pero Wolsey falló en su gestión más complicada, la de conseguir que el papa Clemente VII diera su bendición a la anulación matrimonial de los reyes. Y perdió su mansión.
Antes, había construido en su recinto unos apartamentos para las estancias de Enrique y Catalina, que las ocuparon ocasionalmente. Sobre la huella de aquel palacio, sir Christopher Wren construyó uno nuevo, en el siglo XVIII, para Guillermo III.
Es una de las atracciones turísticas más notables del país, a media de hora de Londres en tren. Lugareños y foráneos pasean por sus espléndidos jardines o recorren sus capillas, los apartamentos reales, sus ricas obras de arte, las viviendas de los empleados. Hay una cocina del tiempo Tudor, con una maqueta que ilustra sobre la enormidad de la tarea de alimentar al monarca y a su corte, que recupera el aroma de aquel tiempo.
Y hay una especie de trinquete donde ocasionalmente se juegan partidos de 'real tennis', el 'jeu de paume' francés, precedente del actual tenis o de la pelota. Hay pocos recintos en el mundo de 'real tennis' y éste es, casi con seguridad, el más elegante.






