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Todo el día al timón
Conduce el autobús que va desde el metro hasta Arrietara y confiesa que ya no pasea por la playa
12.08.07 -
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Todo el día al timón
Nunca se le forman ampollas en las manos. Por mucho calor que haga, el volante se le desliza con suavidad, de un lado a otro, como el timón de un velero. Es talento natural: tiene buen pulso para mantener el rumbo y, sobre todo, mano izquierda. «Hay que saber tratar a la gente, está claro...», reconoce Miguel Vacas, mientras descansa en un asiento del autobús que hace el recorrido entre el metro de Larrabasterra y la playa. Se acerca la hora de comer y se puede permitir un respiro. Todavía no hay nadie en la parada de Arrietara y el viento sopla con fuerza contra las ventanillas. Señal de que, aparte de los surfistas, muy pocos se habrán atrevido a bajar.

Apenas lleva tres meses en el puesto pero ya conoce, al dedillo, a los usuarios. «Quieras que no, vas distinguiendo a unos y a otros. Sabes cuánto tiempo se queda tomando el sol esa cuadrilla de amigas que siempre te vacila, quién terminará robándote la papelera o, por el contrario, quién te dirá adiós antes de bajar...», asegura Miguel con una sonrisa, antes de saludar a una pareja mayor que acaba de pasar por delante de la puerta abierta del autobús. Entre las 10.00 y las 19.45 horas, hay tiempo de sobra para tratar a muchísimas personas y sentir, en algún caso, deseos de salir corriendo. Pero él jamás abandona el barco. Ni siquiera le sudaron las manos cuando el termómetro rozó los 40 grados y le tocó transportar a 1.000 clientes a lo largo de la jornada.

En situaciones extremas, se concentra en lo que hace y se olvida del reloj. Como si entrara en trance... Así salía del paso cuando se ganaba la vida en la construcción, «porque lo importante es no parar». Sin apretar, eso sí, el acelerador más de lo necesario. Ahora debe andar con tiento, muy atento a los espejos retrovisores y sin perder de vista a los pasajeros. «Nada que ver con la forma de conducir que tenía en mi época de comercial». Suspira y se inclina hacia atrás. Los minutos corren. Son las dos menos cuarto y momento de calentar motores. En la parada, aguardan tres personas: el matrimonio mayor de hace un rato y un niño con pantalón corto que golpea el suelo con los pies. Hoy conviene no permanecer quieto, el sirimiri está al caer.

Caras conocidas

Miguel tiene 38 años y ha tocado varios palos, ignora dónde recalará después de septiembre, pero no le importaría repetir. Aunque haya perdido la afición por la playa: «Antes venía a pasear, pero ya me da no sé qué encontrarme con tantas caras conocidas...». Es casi más popular en Sopelana que en el barrio de Santutxu, donde vive. Una fama que no le pesa cuando se sienta al volante y lo hace girar, poco a poco, mientras avanza por las calles y piensa en Nieves, su novia. Miguel llega a buen puerto todos los días.
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