El señor García, que casi siempre está de acuerdo conmigo, coincide en admitir que la iniciativa es buena, pero que en las condiciones que se establecieron para los participantes en esta operación se debiera haber establecido un limite a la creatividad, circunscribiéndola al significado de la palabra jardín, que dice así: «Terreno donde se cultivan plantas con fines ornamentales».
Soslayando esta definición, algunos 'jardineros' nos colocaron unos 'jardines' como el de Indautxu, llenos de unos monigotes a modo de espantapájaros y ruedas viejas de bicicleta. Y mucho menos se debiera haber permitido descargar en el paseo de Uribitarte un camión de escombros y otro de butacas y sofás viejos. Hoy en día, en nombre del arte vanguardista, se admiten ya las mas increíbles astracanadas.
Dejamos los jardines y nos topamos con uno de los grandes carteles con los que el señor administrador nacional de loterías intenta todos los años amargarnos el verano con el anuncio de que ya se vende lotería de Navidad. Pero lo más curioso es que el diseñador del cartel pretende además engatusarnos asegurando en letras bien gordas que «La suerte es de todos», y eso no es cierto, ni mucho menos, señor lotero mayor. La suerte no es de todos, sino de unos pocos. Lo que ocurre es que tenemos que jugar todos los que no tienen suerte para que se lleven la tela unos pocos, incluido el erario público, que a ese siempre le toca la lotería.
Y dando fin a nuestro paseo, observamos un detalle positivo: han desaparecido de nuestras calles todos esos enormes estorbos metálicos con figuras de números o letras, y que alguien tuvo la genial idea de repartir por diversos lugares de la villa con la intención de animarla. La intención posiblemente fue buena y eso puede justificar la colocación de esos trastos de metal roñoso.








