
«No hay nada tan vacío como una piscina vacía», había escrito con extraordinaria precisión Raymond Chandler; nada acusa tanto el declive de lo que antaño fue un palacio como el jardín descuidado, la pista de tenis por cuyo resquebrajado firme asoman los hierbajos y una piscina vacía, con trozos del mosaico desprendido y ratas correteando por el fondo.
La casa de Sunset Boulevard se remoza cuando su propietaria, una actriz descatalogada para el cine por la llegada del sonoro, pero aún rica, llamada Norma Desmond, se enamora de Joe Gillis, joven y mediocre guionista con madera de chulo. Según contó en una entrevista Billy Wilder, director de la película: «usé la piscina abandonada con fines dramáticos, porque más tarde, cuando el joven gigoló entra en su vida, lo natural es que ella quiera limpiar la piscina y llenarla, como una expresión de su renovado interés por la vida».
El amor es una piscina llena y limpia, césped cortado y un coche de época restaurado para llevar a William Holden. El amor es también esa presencia incondicional junto a la estrella sin fulgor de otro que tal, Erich von Stroheim, director que ya no hacía películas y se limitaba a alimentar la ilusión de Norma de estar viva en el corazón de sus admiradores: él le escribía cartas de amor firmadas por todos ellos, peticiones, súplicas de una foto autografiada. También propuso a Wilder incluir una escena en la que se le veía lavar la ropa interior de Norma, pero la idea le pareció demasiado fuerte al más iconoclasta de los directores de Hollywood.
La historia de amor entre Joe Gillis y Norma Desmond es de las que terminan mal, a tono con el comienzo. Wilder había rodado una primera secuencia con un plano de la morgue, donde entraba una camilla con el cadáver del guionista, un funcionario le colgaba una etiqueta con su identidad del dedo gordo del pie y se marchaba. Cuando hicieron una prueba con público y los fiambres comienzan a contarse sus historias, los espectadores se partían de risa. Hubo que pensar otro principio: un plano de la piscina, con el cadáver flotante de Joe Gillis, después de que Norma Desmond le ha disparado para evitar que la abandone. La voz del muerto empieza a contar la historia: «Siempre quise tener una piscina».
Al final, desde lo alto de la escalera, Norma Desmond se dispone a bajar hacia las cámaras de televisión y la Policía. Ella, definitivamente ida, cree que se trata de un rodaje: «señor De Mille, estoy lista para el primer plano».








