
ÚLTIMOS ATAQUES
ÚLTIMOS ATAQUES
En Santecilla, nadie daba ayer crédito a lo sucedido. «¿Fue increíble! Parecía un aeropuerto de todos los pájaros que caían del cielo», describe Serafín Sáinz de la Maza. Sabían que algún día podía pasar algo semejante, más que nada porque el valle está «inundado» de buitres leonados. La propia Subdelegación del Gobierno en Burgos ha contabilizado ya cinco vacas o terneros muertos en cuatro ataques ocurridos en el municipio sólo en los últimos cinco meses. «Y no todos los hechos de este tipo se denuncian a la Guardia Civil», matizan fuentes de la institución.
Todo ocurrió muy rápido en esta última incursión, la más multitudinaria de las registradas desde que las carroñeras decidieron atacar a animales vivos. Pasaban las seis de la tarde cuando algunos ganaderos divisaron a los buitres. Pronto, los gemidos de la vaca se oyeron en casa de Ramón Ortiz.
El propietario de la res salió en auxilio del animal y trató de espantar a las rapaces con un tractor. «¿Socorro!», gritó a los cuatro vientos. Otros residentes colaboraron de inmediato, palos en mano, en su desesperado intento por alejar a las aves. Lograron su propósito, aunque ya era tarde. Ortiz está desolado por el fatal desenlace. «En casa nos hemos llevado un disgusto muy grande», reconoce su hija Maite.
En cuanto detectaron la placenta ensangrentada desde la lejanía, su instinto de supervivencia les llevó hacia ella. Lengua, ojos, las ubres... Como es habitual, los buitres comenzaron a devorar las partes blandas. Y acabaron desangrando a sus víctimas. «Las vaciaron enteras en segundos». Ahora, Ramón ya no sabe qué hacer para que sus 200 vacas puedan parir tranquilas. «Es una vergüenza. ¿Qué hacemos? ¿Estar todo el rato a su lado o encerrarlas de por vida?», se cuestiona. Luego está la «dejadez» que los ganaderos atribuyen a las instituciones.
Miedo en el pueblo
En el pueblo no se hablaba ayer de otra cosa. Desde el bar 'Jesús Mari' -el único de este rincón cercano a Vizcaya- hasta el parking del consultorio médico, los corrillos eran un hervidero. Casi todos guardaban todavía en sus retinas la «desagradable» escena. «Lo raro es que bajen a un pueblo al lado de la carretera general y las vías del tren», se escuchaba entre los vecinos. Serapio Valle y su esposa, Mari Vega, enseguida se pusieron en alerta. Tienen miedo de que les pase algo a sus caballos.
Mientras la vaca y su ternera aún yacían muertas junto a la granja de Ortiz, su vecino Francisco Rémila miraba al horizonte. Y ya divisaba de nuevo el peligro en lo alto de la colina. «¿Ves los buitres? Ahí siguen, esperando a que vuelva a haber un parto». Su mujer, Pilar Cerruela, no se explicaba lo ocurrido. Como tampoco acaba de comprender esta situación el concejal de Medio Ambiente, Javier Mardones, que en julio veía venir el problema «al estar las rapaces en época de cría y necesitar comida».
El Ayuntamiento ha pedido la reapertura del comedero carranzano de Ordunte ante la voracidad de los buitres. Sólo entre marzo y abril, contabilizó 21 ataques en el área de influencia del muladar, que incluye municipios vizcaínos, burgaleses, cántabros y alaveses. Los ataques a reses vivas, sin embargo, continúan.








