
Isabel debería estar muy satisfecha con el fervor que le demuestra su público cada vez que se sube a un escenario, pero ella es perfeccionista por naturaleza y siempre encuentra algún defecto que le amargue la velada. En su último concierto era el sonido. Y cuando no era el sonido, la luz. «El cañón, el cañooooón», gritaba Pantoja desde el escenario a sus técnicos, reclamando ese chorro de luz que desde siempre ha engrandecido al artista (difunto Fary incluido). Pedía Isabel el cañón en plan Agustina de Aragón. Y los técnicos dudaban si dárselo o no... No les fuera a disparar.
La Panto, cuando detecta algún fallo técnico en uno de sus conciertos, entra en algo parecido a un trance que le lleva a transformarse en una especie de Jano, el dios de las dos caras, pero con bata de cola. Mira al público y le lanza una sonrisa profidén, vuelve la vista hacia los técnicos y les pone cara de perro. Profidén, cara de perro, profidén, cara de perro... Un día se va a confundir, va a sonreír a los técnicos y al público le va a ladrar. Ya veo llorando de pánico a los de la primera fila; porque ese careto impresiona. Como que me cuesta creer que semejante sargento tenga un hijo tan poco disciplinado.
En cambio, lo de Julio Iglesias -¿ves?- es otra cosa. Este verano él ya va por la segunda cena-concierto. La primera fue en Estepona y esta última, en Marbella. El público pagó 1.500 euros por la actuación, que iba acompañada de ración de bogavante, champán Dom Perignon, carne de buey y frutas del bosque. El chiste de moda ahora en la Costa del Sol es éste: «Por 1.500 euros cenas y te canta Julio Iglesias. Por 2.000, se calla».
No, en serio, Julio todavía tiene tirón. Hubo gente que esa noche se plantó en la playa contigua al club privado donde él actuaba, con silla de camping y tartera, para poder escucharle gratis y cenando (¡Qué arte!). Total, que entre el cachondeo de fuera y lo tremendamente tortuoso y violento que resulta cantar mientras otros pelan, crack-crack, el bogavante, engullen y trasiegan, lo de Julio tiene mérito. Llega a actuar esa noche allí la Pantoja y no sólo pide el cañón a gritos, sino que lo siguiente que canta, por bulerías, es: «¡Apunten. Fuego!».








