
Vincent DeWitt y Jim Cole, que trabajaban para las agencias Sipa y Associated Press, habían alquilado un bote con la esperanza de cazar una instántánea de la primera familia francesa durante sus vacaciones en Wolfeboro (New Hampshire). Primero se presentaron educadamente ante la patrulla costera que vigilaba el lago, obteniendo el consiguiente permiso. Luego, observaron cómo el barco de Nicolas Sarkozy abandonaba lentamente el muelle de la casa en la que se aloja. Fue entonces, mientras le observaban a distancia con la cámara, cuando el mandatario les vio y montó en cólera.
A través del objetivo vieron como a Sarkozy, en bañador y cadena de oro, se le fruncía el entrecejo y se le hinchaba la vena del cuello, mientras les apuntaba amenazadoramente con el dedo índice, dando órdenes al capitán de su barco para que se dirigiera hacia ellos, dispuesto al abordaje. Ni corto ni perezoso saltó al barco de los fotógrafos dando alaridos en francés y le arrebató la cámara a uno de ellos, pero luego recapacitó y la depositó en la borda. «Todo el mundo estaba callado salvo él», recordó DeWitt para el diario local, 'Union Leader', que sacó ayer la foto en portada.
Ninguno de los dos ha podido contar qué gritaba el alterado presidente porque no hablan francés, como repetían en ese momento una y otra vez, en busca de un alma cándida que les tradujera la jaculatoria presidencial. Una mujer morena de pelo largo hizo los honores, con una educada licencia de intérprete: «El presidente pide que no se le tomen fotos».
Esa promesa fue la que calmó los nervios de Sarkozy y le hizo volver a su barco. El Elíseo, que ha tardado varios días en confirmar dónde pasaba la familia su descanso veraniego, dijo no tener comentarios al respecto. Esta es la segunda vez en tres meses que las vacaciones de Sarkozy, siempre a cargo de amigos ricachones, dan pie a la polémica. En mayo se vio obligado a acortar su periplo por las costas de Malta a bordo de un yate gigantesco prestado por empresario Vincent Bollore. Ahora, en una mansión de 11 cuartos de baño que suele alquilarse por 22.000 euros semanales, Sarkozy no está dispuesto a que le estropeen el descanso.






