
Precisamente para ponerles en contacto con el mar, el Ayuntamiento de Zierbena organizó ayer una fiesta de recibimiento a los integrantes de este programa de acogida. En total medio centenar de estos niños del Este pudieron disfrutar de una jornada de talleres y actividades infantiles en el puerto pesquero del municipio galipo. El encuentro de ayer incluyó además un paseo en barco por el Abra, una comida popular y un espectáculo de magia.
«Estos niños viven en zonas afectadas por la radiación, y cuando vienen aquí pueden disfrutar del aire puro», afirma Tania Gutsalo, una profesora ucraniana que lleva 7 años colaborando con la Asociación Chernóbil. De las capacidades terapéuticas del programa puede dar fe su compañera Shevchuk, ya que antes de ser voluntaria participó de forma activa en el programa como una menor acogida. «En 1996 vine a pasar el verano con una familia, pero como ya tenía 16 años no pude repetir», explica. Eso no impidió que mantuviese el contacto con sus amigos vascos. «Todavía hablo mucho por teléfono con ellos».
Porque estas familias de verano lo son también durante todo el año. Así piensa el portugalujo Agustín Serrano, quien ha colaborado con el programa de acogida desde sus inicios, hace ya once años. Los últimos siete ha visitado su casa Sasa Sueel, un joven de 14 años. «Es uno más de nosotros», advierte. Tanto es así que con su hijo de 20 años, «se pelea como si fueran hermanos».
Pero no todos son veteranos. Algunos se han conocido este año. Es el caso de un matrimonio de Las Arenas, Sabin Uriarte y Julia Rodríguez. Sus vidas se han visto alteradas por la llegada de una niña de 9 años llamada Anna Esviridenko, de quien destacan «sus ganas de aprender y su deseo de comunicarse». Con ella han conocido a otras parejas solidarias. Sin embargo, para Anna, lo mejor de su estancia en Euskadi se resume en una palabra del castellano que ya no olvidará: «mar».








